El racismo que llevamos dentro

El racismo que llevamos dentro

“Volvamos entonces a Erick Osores. Sus palabras son criticables y deben ser criticadas. Pero no ocurren en una burbuja”.

"Como muestra su propia historia personal, una persona puede tener ideas racistas y antirracistas al mismo tiempo".

La semana pasada, el periodista deportivo Erick Osores protagonizó el más reciente evento de racismo público en nuestro país. En un mensaje en su programa de Facebook, reprodujo, y reforzó, prejuicios raciales contra los dirigentes de ligas de fútbol departamentales. Osores ha pedido perdón y los canales donde trabaja han anunciado que recibirá una sanción.

No digo nada nuevo al escribir que el Perú es un país donde el racismo abunda y donde el antirracismo escasea. Pero es importante tener esa frase presente, porque explica que al leer el otro tipo de críticas que ha recibido Osores –las que tuvieron lugar en las redes– no haya podido evitar preguntarme cuántas de las personas que nos sumamos a la crítica pública somos igual de duras cuando la discriminación la comete un amigo, un familiar o cuando nos damos cuenta de que la hemos cometido nosotros mismos. No puedo evitar pensar en cuántos nos comemos la pelea solo cuando estamos protegidos por una pantalla.

Entiendo que denunciar el racismo que se produce en nuestros entornos no siempre es fácil. Hacerlo, de hecho, muchas veces puede implicar caer en el rol que la académica Sara Ahmed ha llamado el del ‘killjoy’ (que podría traducirse como el ‘mataalegrías’, el ‘aguafiestas’ o, en una de sus versiones más limeñas, el ‘bajajuergas’). Este concepto le sirve principalmente para estudiar las acusaciones que reciben las personas que denuncian el sexismo, pero es aplicado también a quienes denuncian el racismo. Como dice Ahmed, quien decide alzar la voz y sostener que lo que ha dicho otra persona del grupo es problemático –en este caso, que lo que dice es racista– muchas veces es considerado el origen de la tensión y el problema. Quien denuncia el racismo, y no quien dice algo racista, es considerado un ‘killjoy’. Y si eso es ser un ‘killjoy’, Ahmed nos llama a serlo con mucho orgullo.

El camino para llegar a ser un antirracista es uno que ha estudiado con detenimiento Ibram X. Kendi en su último libro, “How To Be An Antiracist” (Cómo ser un antirracista). El profesor estadounidense ha producido un texto que explora no solo la discriminación desde una perspectiva histórica, sino también desde una perspectiva personal: a Kendi le interesa presentar una exploración de su propio racismo, y cómo lo ha ido reemplazando por antirracismo. De hecho, su texto comienza con una mención a un discurso que, cuando todavía estaba en el colegio, dio en un concurso en honor a Martin Luther King Jr. Viendo para atrás, a Kendi le queda claro que sus palabras fueron racistas, llenas de estereotipos sobre “todas las cosas que estaban mal con la juventud negra”.

El autor también da otra ayuda para poder combatir la discriminación: darnos cuenta de que la palabra ‘racista’ no debe ser entendida como un insulto y sentirse por ello casi inusable. Esto, dice, solo sirve para congelarnos a la inacción. Debemos poder llamar a un comportamiento o a una idea racista, sin sentir que así condenamos automáticamente a una persona a serlo. Como muestra su propia historia personal, una persona puede tener ideas racistas y antirracistas al mismo tiempo; lo importante es estar dispuestos a buscar a las primeras y destruirlas.

Volvamos entonces a Erick Osores. Sus palabras son criticables y deben ser criticadas. Pero no ocurren en una burbuja. Ocurren en un país que condena cada vez más el racismo en contextos públicos –lo que sin duda es positivo– pero que no lo hace con la misma fuerza en contextos privados. En un país donde muchos ciudadanos no estamos dispuestos a comernos la pelea cuando el acto viene de un amigo, de un familiar o de nosotros mismos. En un país donde deberíamos –como Ahmed y Kendi– estar más dispuestos a ser los ‘aguafiestas’.

Derrotar al dictador

Derrotar al dictador

“El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo es insostenible y su declive es una cuestión de tiempo”.

Daniel Ortega junto a su esposa Rosario Murillo. (Foto: AFP).

Más de 80.000 nicaragüenses han huido de su país a partir de las protestas contra la dictadura de Daniel Ortega. La infame ola de represión proveniente de las autoridades estatales y de elementos paramilitares, aunada a una galopante crisis económica, han obligado a decenas de miles de personas a procurar asilo en países vecinos. Sin embargo, el retorno a Nicaragua de diversos personajes de reconocida trayectoria política lleva a considerar una nueva estrategia de la oposición, encauzada para consolidar liderazgos y reactivar los ánimos del movimiento cívico.

El líder estudiantil Lesther Alemán regresó al país luego de un año de exilio. Alemán fue parte de la mesa de diálogo nacional y ganó notoriedad al increpar agudamente a Daniel Ortega y a Rosario Murillo y responsabilizarlos, en una transmisión de televisión en vivo, de la muerte de los caídos en las marchas; la mueca indolente de los Ortega-Murillo marcó la única sesión del diálogo en la que los dictadores estuvieron presentes.

Félix Maradiaga, activista político acusado lisamente por el régimen de “dirigir una red delincuencial y terrorista”, aterrizó en Managua hace unas semanas ante un desproporcionado despliegue policial y paramilitar. A su vez, Carlos Fernando Chamorro, uno de los más firmes críticos del régimen, y Zoilamérica Narváez, hijastra de Daniel Ortega, quien se vio obligada a salir del país en el 2013 tras denunciar a Ortega por el delito de abuso sexual, también han dado a conocer su inminente regreso al país que han calificado como “un acto político y una acción reflexiva y coordinada”.

Para Camilo de Castro, periodista nicaragüense exiliado en Costa Rica, el retorno de estos líderes de la oposición sobreviene para “contribuir a la articulación y consolidación de la oposición desde dentro de Nicaragua”. En un contexto en el que las garantías constitucionales, las libertades y los derechos humanos se encuentran en suspenso, los líderes se exponen a un alto riesgo en el país, “pero es fundamental que la disidencia inicie un proceso de cohesión y organización, de la mano de la sociedad civil, para articular una participación efectiva con miras a las próximas elecciones”.

La semana pasada, la Unión Europea aprobó el marco legal que permite el establecimiento de sanciones dirigidas a individuos o instituciones involucrados en casos de violación de derechos humanos en el país. Estos mecanismos se activarán si es que la dictadura persiste en el abuso de su vertiente autoritaria en detrimento de los derechos y garantías políticas de la ciudadanía. En respuesta a este documento, Ortega escenificó un desagradable exabrupto en la ceremonia de presentación de credenciales de Pelayo Castro Zuzuárregui, nuevo embajador de la Unión Europea en Nicaragua, al arremeter contra esa entidad alegando que “se han sumado a las políticas intervencionistas y de agresión de los Estados Unidos contra Latinoamérica”, en un discurso extenso, delirante y trasnochado.

El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo es insostenible y su declive es una cuestión de tiempo. El reto de la oposición es lograr su unidad y el apuntalamiento de sus líderes, así como la cohesión de los actores civiles, la empresa privada y la población en general alrededor de una sola meta común: sacar a los Ortega-Murillo del poder. Con la ayuda de una comunidad internacional comprometida, esta meta se logrará más temprano que tarde.

Fragmento de Crimen y Castigo de Fedor Dostoievski

Fragmento de Crimen y Castigo de Fedor Dostoievski

Fragmento de Crimen y Castigo de Fedor Dostoievski

Minutos después, Raskolnikof abrió los ojos, contempló largamente la sopa y el té, cogió la cuchara y empezó a comer.

Dio tres o cuatro cucharadas, sin apetito, maquinalmente. Se le había calmado el dolor de cabeza. Cuando terminó de comer se echó de nuevo en el diván. Pero no pudo dormir y se quedó inmóvil, de bruces, con la cabeza hundida en la almohada. Soñaba, y su sueño era extraño. Se imaginaba estar en África, en Egipto… La caravana con la que iba se había detenido en un oasis. Los camellos estaban echados, descansando. Las palmeras que los rodeaban balanceaban sus tupidos penachos. Los viajeros se disponían a comer, pero Raskolnikof prefería beber agua de un riachuelo que corría cerca de él con un rumoreo cantarín. El aire era deliciosamente fresco. El agua, fría y de un azul maravilloso, corría sobre un lecho de piedras multicolores y arena blanca con reflejos dorados…

De súbito, las campanadas de un reloj resonaron claramente en su oído. Se estremeció, volvió a la realidad, levantó la cabeza y miró hacia la ventana. Entonces recobró por completo la lucidez y se levantó precipitadamente, como si lo arrancaran del diván. Se acercó a la puerta de puntillas, la entreabrió cautelosamente y aguzó el oído, tratando de percibir cualquier ruido que pudiera llegar de la escalera.

Su corazón latía con violencia. En la escalera reinaba la calma más absoluta; la casa entera parecía dormir… La idea de que había estado sumido desde el día anterior en un profundo sueño, sin haber hecho nada, sin haber preparado nada, le sorprendió: su proceder era absurdo, incomprensible. Sin duda, eran las campanadas de las seis las que acababa de ofr… Súbitamente, a su embotamiento y a su inercia sucedió una actividad extraordinaria, desatinada y febril. Sin embargo, los preparativos eran fáciles y no exigían mucho tiempo. Raskolnikof procuraba pensar en todo, no olvidarse de nada. Su corazón seguía latiendo con tal violencia, que dificultaba su respiración. Ante todo, había que preparar un nudo corredizo y coserlo en el forro del gabán. Trabajo de un minuto. Introdujo la mano debajo de la almohada, sacó la ropa interior que había puesto allí y eligió una camisa sucia y hecha jirones. Con varias tiras formó un cordón de unos cinco centímetros de ancho y treinta y cinco de largo. Lo dobló en dos, se quitó el gabán de verano, de un tejido de algodón tupido y sólido (el único sobretodo que tenla) y empezó a coser el extremo del cordón debajo del sobaco izquierdo. Sus manos temblaban. Sin embargo, su trabajo resultó tan perfecto, que cuando volvió a ponerse el gabán no se veía por la parte exterior el menor indicio de costura. El hilo y la aguja se los había procurado hacía tiempo y los guardaba, envueltos en un papel, en el cajón de su mesa. Aquel nudo corredizo, destinado a sostener el hacha, constituía un ingenioso detalle de su plan. No era cosa de ir por la calle con un hacha en la mano. Por otra parte, si se hubiese limitado a esconder el hacha debajo del gabán, sosteniéndola por fuera, se habría visto obligado a mantener continuamente la mano en el mismo sitio, lo cual habría llamado la atención. El nudo corredizo le permitía llevar colgada el hacha y recorrer así todo el camino, sin riesgo alguno de que se le cayera. Además, llevando la mano en el bolsillo del gabán, podría sujetar por un extremo el mango del hacha e impedir su balanceo. Dada la amplitud de la prenda, que era un verdadero saco, no había peligro de que desde el exterior se viera lo que estaba haciendo aquella mano.

Terminada esta operación, Raskolnikof introdujo los dedos en una pequeña hendidura que había entre el diván turco y el entarimado y extrajo un menudo objeto que desde hacía tiempo tenía allí escondido. No se trataba de ningún objeto de valor, sino simplemente de un trocito de madera pulida del tamaño de una pitillera. Lo había encontrado casualmente un día, durante uno de sus paseos, en un patio contiguo a un taller. Después le añadió una planchita de hierro, delgada y pulida de tamaño un poco menor, que también, y aquel mismo día, se había encontrado en la calle. Juntó ambas cosas, las ató firmemente con un hilo y las envolvió en un papel blanco, dando al paquetito el aspecto más elegante posible y procurando que las ligaduras no se pudieran deshacer sin dificultad. Así apartaría la atención de la vieja de su persona por unos instantes, y él podría aprovechar la ocasión. La planchita de hierro no tenía más misión que aumentar el peso del envoltorio, de modo que la usurera no pudiera sospechar, aunque sólo fuera por unos momentos, que la supuesta prenda de empeño era un simple trozo de madera. Raskolnikof lo había guardado todo debajo del diván, diciéndose que ya lo retiraría cuando lo necesitara.

Poco después oyó voces en el patio.

‑¡Ya son más de las seis!

‑¡Dios mío, cómo pasa el tiempo!

Corrió a la puerta, escuchó, cogió su sombrero y empezó a bajar la escalera cautelosamente, con paso silencioso, felino… Le faltaba la operación más importante: robar el hacha de la cocina. Hacía ya tiempo que había elegido el hacha como instrumento. Él tenía una especie de podadera, pero esta herramienta no le inspiraba confianza, y todavía desconfiaba más de sus fuerzas. Por eso había escogido definitivamente el hacha.

Respecto a estas resoluciones, hemos de observar un hecho sorprendente: a medida que se afirmaban, le parecían más absurdas y monstruosas. A pesar de la lucha espantosa que se estaba librando en su alma, Raskolnikof no podía admitir en modo alguno que sus proyectos llegaran a realizarse.

Es más, si todo hubiese quedado de pronto resuelto, si todas las dudas se hubiesen desvanecido y todas las dificultades se hubiesen allanado, él, seguramente, habría renunciado en el acto a su proyecto, por considerarlo disparatado, monstruoso. Pero quedaban aún infinidad de puntos por dilucidar, numerosos problemas por resolver. Procurarse el hacha era un detalle insignificante que no le inquietaba lo más mínimo. ¡Si todo fuera tan fácil! Al atardecer, Nastasia no estaba nunca en casa: o pasaba a la de algún vecino o bajaba a las tiendas. Y siempre se dejaba la puerta abierta. Estas ausencias eran la causa de las continuas amonestaciones que recibía de su dueña. Así, bastaría entrar silenciosamente en la cocina y coger el hacha; y después, una hora más tarde, cuando todo hubiera terminado, volver a dejarla en su sitio. Pero esto último tal vez no fuera tan fácil. Podía ocurrir que cuando él volviera y fuese a dejar el hacha en su sitio, Nastasia estuviera ya en la casa. Naturalmente, en este caso, él tendría que subir a su aposento y esperar una nueva ocasión. Pero ¿y si ella, entre tanto, advertía la desaparición del hacha y la buscaba primero y después empezaba a dar gritos? He aquí cómo nacen las sospechas o, cuando menos, cómo pueden nacer.

Sin embargo, esto no eran sino pequeños detalles en los que no quería pensar. Por otra parte, no tenía tiempo. Sólo pensaba en la esencia del asunto: los puntos secundarios los dejaba para el momento en que se dispusiera a obrar. Pero esto último le parecía completamente imposible. No concebía que pudiera dar por terminadas sus reflexiones, levantarse y dirigirse a aquella casa. Incluso en su reciente «ensayo» (es decir, la visita que había hecho a la vieja para efectuar un reconocimiento definitivo en el lugar de la acción) distó mucho de creer que obraba en serio. Se había dicho: «Vamos a ver. Hagamos un ensayo, en vez de limitarnos a dejar correr la imaginación.» Pero no había podido desempeñar su papel hasta el último momento: habíase indignado contra sí mismo. No obstante, parecía que desde el punto de vista moral se podía dar por resuelto el asunto. Su casuística, cortante como una navaja de afeitar, había segado todas las objeciones. Pero cuando ya no pudo encontrarlas dentro de él, en su espíritu, empezó a buscarlas fuera, con la obstinación propia de su esclavitud mental, deseoso de hallar un garfio que lo retuviera.

Los imprevistos y decisivos acontecimientos del día anterior lo gobernaban de un modo poco menos que automático. Era como si alguien le llevara de la mano y le arrastrara con una fuerza irresistible, ciega, sobrehumana; como si un pico de sus ropas hubiera quedado prendido en un engranaje y él sintiera que su propio cuerpo iba a ser atrapado por las ruedas dentadas.

Al principio ‑de esto hacía ya bastante tiempo‑, lo que más le preocupaba era el motivo de que todos los crímenes se descubrieran fácilmente, de que la pista del culpable se hallara sin ninguna dificultad. Raskolnikof llegó a diversas y curiosas conclusiones. Según él, la razón de todo ello estaba en la personalidad del criminal más que en la imposibilidad material de ocultar el crimen.

En el momento de cometer el crimen, el culpable estaba afectado de una pérdida de voluntad y raciocinio, a los que sustituía una especie de inconsciencia infantil, verdaderamente monstruosa, precisamente en el momento en que la prudencia y la cordura le eran más necesarias. Atribuía este eclipse del juicio y esta pérdida de la voluntad a una enfermedad que se desarrollaba lentamente, alcanzaba su máxima intensidad poco antes de la perpetración del crimen, se mantenía en un estado estacionario durante su ejecución y hasta algún tiempo después (el plazo dependía del individuo), y terminaba al fin, como terminan todas las enfermedades.

Raskolnikof se preguntaba si era esta enfermedad la que motivaba el crimen, o si el crimen, por su misma naturaleza, llevaba consigo fenómenos que se confundían con los síntomas patológicos. Pero era incapaz de resolver este problema.

Después de razonar de este modo, se dijo que él estaba a salvo de semejantes trastornos morbosos y que conservaría toda su inteligencia y toda su voluntad durante la ejecución del plan, por la sencilla razón de que este plan no era un crimen. No expondremos la serie de reflexiones que le Ilevaron a esta conclusión. Sólo diremos que las dificultades puramente materiales, el lado práctico del asunto, le preocupaba muy poco.

«Bastaría ‑se decía‑ que conserve toda mi fuerza de voluntad y toda mi lucidez en el momento de llevar la empresa a la práctica. Entonces es cuando habrá que analizar incluso los detalles más ínfimos.»

Pero este momento no llegaba nunca, por la sencilla razón de que Raskolnikof no se sentía capaz de tomar una resolución definitiva. Así, cuando sonó la hora de obrar, todo le pareció extraordinario, imprevisto como un producto del azar.

Antes de que terminara de bajar la escalera, ya le había desconcertado un detalle insignificante. Al llegar al rellano donde se hallaba la cocina de su patrona, cuya puerta estaba abierta como de costumbre, dirigió una mirada furtiva al interior y se preguntó si, aunque Nastasia estuviera ausente, no estaría en la cocina la patrona. Y aunque no estuviera en la cocina, sino en su habitación, ¿tendría la puerta bien cerrada? Si no era así, podría verle en el momento en que él cogía el hacha.

Tras estas conjeturas, se quedó petrificado al ver que Nastasia estaba en la cocina y, además, ocupada. Iba sacando ropa de un cesto y tendiéndola en una cuerda. Al aparecer Raskolnikof, la sirvienta se volvió y le siguió con la vista hasta que hubo desaparecido. Él pasó fingiendo no haberse dado cuenta de nada. No cabía duda: se había quedado sin hacha. Este contratiempo le abatió profundamente.

«¿De dónde me había sacado yo -me preguntaba mientras bajaba los últimos escalones‑ que era seguro que Nastasia se abría marchado a esta hora?» Estaba anonadado; incluso experimentaba un sentimiento de humillación. Su furor le llevaba a mofarse de sí mismo. Una cólera sorda, salvaje, hervía en él.

Al llegar a la entrada se detuvo indeciso. La idea de irse a pasear sin rumbo no le seducía; la de volver a su habitación, todavía menos. «¡Haber perdido una ocasión tan magnífica!», murmuró, todavía inmóvil y vacilante, ante la oscura garita del portero, cuya puerta estaba abierta. De pronto se estremeció. En el interior de la garita, a dos pasos de él, debajo de un banco que había a la izquierda, brillaba un objeto… Raskolnikof miró en torno de él. Nadie. Se acercó a la puerta andando de puntillas, bajó los dos escalones que había en el umbral y llamó al portero con voz apagada.

«No está. Pero no debe de andar muy lejos, puesto que ha dejado la puerta abierta.»

Se arrojó sobre el hacha (pues era un hacha el brillante objeto), la sacó de debajo del banco, donde estaba entre dos leños, la colgó inmediatamente en el nudo corredizo, introdujo las manos en los bolsillos del gabán y salió de la garita. Nadie le había visto.

«No es mi inteligencia la que me ayuda, sino el diablo», se dijo con una sonrisa extraña.

Esta feliz casualidad le enardeció extraordinariamente. Ya en la calle, echó a andar tranquilamente, sin apresurarse, con objeto de no despertar sospechas. Apenas miraba a los transeúntes y, desde luego, no fijaba su vista en ninguno; su deseo era pasar lo más inadvertido posible.

De súbito se acordó de que su sombrero atraía las miradas de la gente.

«¡Qué estúpido he sido! Anteayer tenía dinero: habría podido comprarme una gorra.»

Y añadió una imprecación que le salió de lo más hondo.

Su mirada se dirigió casualmente al interior de una tienda y vio un reloj que señalaba las siete y diez minutos. No había tiempo que perder. Sin embargo, tenía que dar un rodeo, pues quería entrar en la casa por la parte posterior.

Cuando últimamente pensaba en la situación en que se hallaba en aquel momento, se figuraba que se sentiría aterrado. Pero ahora veía que no era así: no experimentaba miedo alguno. Por su mente desfilaban pensamientos, breves, fugitivos, que no tenían nada que ver con su empresa. Cuando pasó ante los jardines Iusupof[L1] , se dijo que en sus plazas se debían construir fuentes monumentales para refrescar la atmósfera, y seguidamente empezó a conjeturar que si el Jardín de Verano se extendiera hasta el Campo de Marte e incluso se uniera al parque Miguel, la ciudad ganaría mucho con ello. Luego se hizo una pregunta sumamente interesante: ¿por qué los habitantes de las grandes poblaciones tienen la tendencia, incluso cuando no los obliga la necesidad, a vivir en los barrios desprovistos de jardines y fuentes, sucios, llenos de inmundicias y, en consecuencia, de malos olores? Entonces recordó sus propios paseos por la plaza del Mercado y volvió momentáneamente a la realidad.

«¡Qué cosas tan absurdas se le ocurren a uno! lo mejor es no pensar en nada.»

Sin embargo, seguidamente, como en un relámpago de lucidez, se dijo:

«Así les ocurre, sin duda, a los condenados a muerte: cuando los llevan al lugar de la ejecución, se aferran mentalmente a todo lo que ven en su camino[L2] ».

Pero rechazó inmediatamente esta idea.

Ya estaba cerca. Ya veía la casa. Allí estaba su gran puerta cochera…

En esto, un reloj dio una campanada.

«¿Las siete y media ya? Imposible. Ese reloj va adelantado.»

Pero también esta vez tuvo suerte. Como si la cosa fuera intencionada, en el momento en que él llegó ante la casa penetraba por la gran puerta un carro cargado de heno. Raskolnikof se acercó a su lado derecho y pudo entrar sin que nadie lo viese. Al otro lado del carro había gente que disputaba: oyó sus voces. Pero ni nadie le vio a él ni él vio a nadie. Algunas de las ventanas que daban al gran patio estaban abiertas, pero él no levantó la vista: no se atrevió… La escalera que conducía a casa de Alena Ivanovna estaba a la derecha de la puerta. Raskolnikof se dirigió a ella y se detuvo, con la mano en el corazón, como si quisiera frenar sus latidos. Aseguró el hacha en el nudo corredizo, aguzó el oído y empezó a subir, paso a paso sigilosamente. No había nadie. Las puertas estaban cerradas. Pero al llegar al segundo piso, vio una abierta de par en par. Pertenecía a un departamento deshabitado, en el que trabajaban unos pintores. Estos hombres ni siquiera vieron a Raskolnikof. Pero él se detuvo un momento y se dijo: «Aunque hay dos pisos sobre éste, habría sido preferible que no estuvieran aquí esos hombres.»

Continuó en seguida la ascensión y llegó al cuarto piso. Allí estaba la puerta de las habitaciones de la prestamista. El departamento de enfrente seguía desalquilado, a juzgar por las apariencias, y el que estaba debajo mismo del de la vieja, en el tercero, también debía de estar vacío, ya que de su puerta había desaparecido la tarjeta que Raskolnikof había visto en su visita anterior. Sin duda, los inquilinos se habían mudado.

Raskolnikof jadeaba. Estuvo un momento vacilando. «¿No será mejor que me vaya?» Pero ni siquiera se dio respuesta a esta pregunta. Aplicó el oído a la puerta y no oyó nada: en el departamento de Alena Ivanovna reinaba un silencio de muerte. Su atención se desvió entonces hacia la escalera: permaneció un momento inmóvil, atento al menor ruido que pudiera llegar desde abajo…

Luego miró en todas direcciones y comprobó que el hacha estaba en su sitio. Seguidamente se preguntó: «¿No estaré demasiado pálido…, demasiado trastornado? ¡Es tan desconfiada esa vieja! Tal vez me convendría esperar hasta tranquilizarme un poco.» Pero los latidos de su corazón, lejos de normalizarse, eran cada vez más violentos… Ya no pudo contenerse: tendió lentamente la mano hacia el cordón de la campanilla y tiró. Un momento después insistió con violencia.

No obtuvo respuesta, pero no volvió a llamar: además de no conducir a nada, habría sido una torpeza. No cabía duda de que la vieja estaba en casa; pero era suspicaz y debía de estar sola. Empezaba a conocer sus costumbres…

Aplicó de nuevo el oído a la puerta y… ¿Sería que sus sentidos se habían agudizado en aquellos momentos (cosa muy poco probable), o el ruido que oyó fue perfectamente perceptible? De lo que no le cupo duda es de que percibió que una mano se apoyaba en el pestillo, mientras el borde de un vestido rozaba la puerta. Era evidente que alguien hacía al otro lado de la puerta lo mismo que él estaba haciendo por la parte exterior. Para no dar la impresión de que quería esconderse, Raskolnikof movió los pies y refunfuñó unas palabras. Luego tiró del cordón de la campanilla por tercera vez, sin violencia alguna, discretamente, con objeto de no dejar traslucir la menor impaciencia. Este momento dejaría en él un recuerdo imborrable. Y cuando, más tarde, acudía a su imaginación con perfecta nitidez, no comprendía cómo había podido desplegar tanta astucia en aquel momento en que su inteligencia parecía extinguirse y su cuerpo paralizarse… Un instante después oyó que descorrían el cerrojo.

VII

Como en su visita anterior, Raskolnikof vio que la puerta se entreabría y que en la estrecha abertura aparecían dos ojos penetrantes que le miraban con desconfianza desde la sombra.

En este momento, el joven perdió la sangre fría y cometió una imprudencia que estuvo a punto de echarlo todo a perder.

Temiendo que la vieja, atemorizada ante la idea de verse a solas con un hombre cuyo aspecto no tenía nada de tranquilizador, intentara cerrar la puerta, Raskolnikof lo impidió mediante un fuerte tirón. La usurera quedó paralizada, pero no soltó el pestillo aunque poco faltó para que cayera de bruces. Después, viendo que la vieja permanecía obstinadamente en el umbral, para no dejarle el paso libre, él se fue derecho a ella. Alena Ivanovna, aterrada, dio un salto atrás e intentó decir algo. Pero no pudo pronunciar una sola palabra y se quedó mirando al joven con los ojos muy abiertos.

‑Buenas tardes, Alena Ivanovna ‑empezó a decir en el tono más indiferente que le fue posible adoptar. Pero sus esfuerzos fueron inútiles: hablaba con voz entrecortada, le temblaban las manos‑. Le traigo…, le traigo… una cosa para empeñar… Pero entremos: quiero que la vea a la luz.

Y entró en el piso sin esperar a que la vieja lo invitara. Ella corrió tras él, dando suelta a su lengua.

‑¡Oiga! ¿Quién es usted? ¿Qué desea?

‑Ya me conoce usted, Alena Ivanovna. Soy Raskolnikof… Tenga; aquí tiene aquello de que le hablé el otro día.

Le ofrecía el paquetito. Ella lo miró, como dispuesta a cogerlo, pero inmediatamente cambió de opinión. Levantó los ojos y los fijó en el intruso. Lo observó con mirada penetrante, con un gesto de desconfianza e indignación. Pasó un minuto. Raskolnikof incluso creyó descubrir un chispazo de burla en aquellos ojillos, como si la vieja lo hubiese adivinado todo.

Notó que perdía la calma, que tenía miedo, tanto, que habría huido si aquel mudo examen se hubiese prolongado medio minuto más.

‑¿Por qué me mira así, como si no me conociera? ‑exclamó Raskolnikof de pronto, indignado también‑. Si le conviene este objeto, lo toma; si no, me dirigiré a otra parte. No tengo por qué perder el tiempo.

Dijo esto sin poder contenerse, a pesar suyo, pero su actitud resuelta pareció ahuyentar los recelos de Alena Ivanovna.

‑¡Es que lo has presentado de un modo!

Y, mirando el paquetito, preguntó:

‑¿Qué me traes?

‑Una pitillera de plata. Ya le hablé de ella la última vez que estuve aquí.

Alena Ivanovna tendió la mano.

‑Pero, ¿qué te ocurre? Estás pálido, las manos le tiemblan. ¿Estás enfermo?

‑Tengo fiebre ‑repuso Raskolnikof con voz anhelante. Y añadió, con un visible esfuerzo‑: ¿Cómo no ha de estar uno pálido cuando no come?

Las fuerzas volvían a abandonarle, pero su contestación pareció sincera. La usurera le quitó el paquetito de las manos.

‑Pero ¿qué es esto? ‑volvió a preguntar, sopesándolo y dirigiendo nuevamente a Raskolnikof una larga y penetrante mirada.

‑Una pitillera… de plata… Véala.

‑Pues no parece que esto sea de plata… ¡Sí que la has atado bien!

Se acercó a la lámpara (todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor asfixiante) y empezó a luchar por deshacer los nudos, dando la espalda a Raskolnikof y olvidándose de él momentáneamente.

Raskolnikof se desabrochó el gabán y sacó el hacha del nudo corredizo, pero la mantuvo debajo del abrigo, empuñándola con la mano derecha. En las dos manos sentía una tremenda debilidad y un embotamiento creciente. Temiendo estaba que el hacha se le cayese. De pronto, la cabeza empezó a darle vueltas.

‑Pero ¿cómo demonio has atado esto? ¡Vaya un enredo! ‑exclamó la vieja, volviendo un poco la cabeza hacia Raskolnikof.

No había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja.

Raskolnikof creyó que las fuerzas le habían abandonado para siempre, pero notó que las recuperaba después de haber dado el hachazo.

La vieja, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises, ralos, empapados en aceite, se agrupaban en una pequeña trenza que hacía pensar en la cola de una rata, y que un trozo de peine de asta mantenía fija en la nuca. Como era de escasa estatura, el hacha la alcanzó en la parte anterior de la cabeza. La víctima lanzó un débil grito y perdió el equilibrio. Lo único que tuvo tiempo de hacer fue sujetarse la cabeza con las manos. En una de ellas tenía aún el paquetito. Raskolnikof le dio con todas sus fuerzas dos nuevos hachazos en el mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un recipiente que se hubiera volcado. El cuerpo de la víctima se desplomó definitivamente. Raskolnikof retrocedió para dejarlo caer. Luego se inclinó sobre la cara de la vieja. Ya no vivía. Sus ojos estaban tan abiertos, que parecían a punto de salírsele de las órbitas. Su frente y todo su rostro estaban rígidos y desfigurados por las convulsiones de la agonía.

Raskolnikof dejó el hacha en el suelo, junto al cadáver, y empezó a registrar, procurando no mancharse de sangre, el bolsillo derecho, aquel bolsillo de donde él había visto, en su última visita, que la vieja sacaba las llaves. Conservaba plenamente la lucidez; no estaba aturdido; no sentía vértigos. Más adelante recordó que en aquellos momentos había procedido con gran atención y prudencia, que incluso había sido capaz de poner sus cinco sentidos en evitar mancharse de sangre… Pronto encontró las llaves, agrupadas en aquel llavero de acero que él ya había visto.

Corrió con las llaves al dormitorio. Era una pieza de medianas dimensiones. A un lado había una gran vitrina llena de figuras de santos; al otro, un gran lecho, perfectamente limpio y protegido por una cubierta acolchada confeccionada con trozos de seda de tamaño y color diferentes. Adosada a otra pared había una cómoda. Al acercarse a ella le ocurrió algo extraño: apenas empezó a probar las llaves para intentar abrir los cajones experimentó una sacudida. La tentación de dejarlo todo y marcharse le asaltó de súbito. Pero estas vacilaciones sólo duraron unos instantes. Era demasiado tarde para retroceder. Y cuando sonreía, extrañado de haber tenido semejante ocurrencia, otro pensamiento, una idea realmente inquietante, se apoderó de su imaginación. Se dijo que acaso la vieja no hubiese muerto, que tal vez volviese en sí… Dejó las llaves y la cómoda y corrió hacia el cuerpo yaciente. Cogió el hacha, la levantó…, pero no llegó a dejarla caer: era indudable que la vieja estaba muerta.

Se inclinó sobre el cadáver para examinarlo de cerca y observó que tenía el cráneo abierto. Iba a tocarlo con el dedo, pero cambió de opinión: esta prueba era innecesaria.

Sobre el entarimado se había formado un charco de sangre. En esto, Raskolnikof vio un cordón en el cuello de la vieja y empezó a tirar de él; pero era demasiado resistente y no se rompía. Además, estaba resbaladizo, impregnado de sangre… Intentó sacarlo por la cabeza de la víctima; tampoco lo consiguió: se enganchaba en alguna parte. Perdiendo la paciencia, pensó utilizar el hacha: partiría el cordón descargando un hachazo sobre el cadáver. Pero no se decidió a cometer esta atrocidad. Al fin, tras dos minutos de tanteos, logró cortarlo, manchándose las manos de sangre pero sin tocar el cuerpo de la muerta. Un instante después, el cordón estaba en sus manos.

Como había supuesto, era una bolsita lo que pendía del cuello de la vieja. También colgaban del cordón una medallita esmaltada y dos cruces, una de madera de ciprés y otra de cobre. La bolsita era de piel de camello; rezumaba grasa y estaba repleta de dinero. Raskolnikof se la guardó en el bolsillo sin abrirla. Arrojó las cruces sobre el cuerpo de la vieja y, esta vez cogiendo el hacha, volvió precipitadamente al dormitorio.

Una impaciencia febril le impulsaba. Cogió las llaves y reanudó la tarea. Pero sus tentativas de abrir los cajones fueron infructuosas, no tanto a causa del temblor de sus manos como de los continuos errores que cometía. Veía, por ejemplo, que una llave no se adaptaba a una cerradura, y se obstinaba en introducirla. De pronto se dijo que aquella gran llave dentada que estaba con las otras pequeñas en el llavero no debía de ser de la cómoda (se acordaba de que ya lo había pensado en su visita anterior), sino de algún cofrecillo, donde tal vez guardaba la vieja todos sus tesoros.

Se separó, pues, de la cómoda y se echó en el suelo para mirar debajo de la cama, pues sabía que era allí donde las viejas solían guardar sus riquezas. En efecto, vio un arca bastante grande ‑de más de un metro de longitud‑, tapizada de tafilete rojo. La llave dentada se ajustaba perfectamente a la cerradura.

Abierta el arca, apareció un paño blanco que cubría todo el contenido. Debajo del paño había una pelliza de piel de liebre con forro rojo. Bajo la piel, un vestido de seda, y debajo de éste, un chal. Más abajo sólo había, al parecer, trozos de tela.

Se limpió la sangre de las manos en el forro rojo.

«Como la sangre es roja, se verá menos sobre el rojo.»

De pronto cambió de expresión y se dijo, aterrado:

«¡Qué insensatez, Señor! ¿Acabaré volviéndome loco?»

Pero cuando empezó a revolver los trozos de tela, de debajo de la piel salió un reloj de oro. Entonces no dejó nada por mirar. Entre los retazos del fondo aparecieron joyas, objetos empeñados, sin duda, que no habían sido retirados todavía: pulseras, cadenas, pendientes, alfileres de corbata… Algunas de estas joyas estaban en sus estuches; otras, cuidadosamente envueltas en papel de periódico en doble, y el envoltorio bien atado. No vaciló ni un segundo: introdujo la mano y empezó a llenar los bolsillos de su pantalón y de su gabán sin abrir los paquetes ni los estuches.

Pero de pronto hubo de suspender el trabajo. Le parecía haber oído un rumor de pasos en la habitación inmediata. Se quedó inmóvil, helado de espanto… No, todo estaba en calma; sin duda, su oído le había engañado. Pero de súbito percibió un débil grito, o, mejor, un gemido sordo, entrecortado, que se apagó en seguida. De nuevo y durante un minuto reinó un silencio de muerte. Raskolnikof, en cuclillas ante el arca, esperó, respirando apenas. De pronto se levantó empuñó el hacha y corrió a la habitación vecina. En esta habitación estaba Lisbeth. Tenía en las manos un gran envoltorio y contemplaba atónita el cadáver de su hermana. Estaba pálida como una muerta y parecía no tener fuerzas para gritar. Al ver aparecer a Raskolnikof, empezó a temblar como una hoja y su rostro se contrajo convulsivamente. Probó a levantar los brazos y no pudo; abrió la boca, pero de ella no salió sonido alguno. Lentamente fue retrocediendo hacia un rincón, sin dejar de mirar a Raskolnikof en silencio, aquel silencio que no tenía fuerzas para romper. Él se arrojó sobre ella con el hacha en la mano. Los labios de la infeliz se torcieron con una de esas muecas que solemos observar en los niños pequeños cuando ven algo que les asusta y empiezan a gritar sin apartar la vista de lo que causa su terror.

Era tan cándida la pobre Lisbeth y estaba tan aturdida por el pánico, que ni siquiera hizo el movimiento instintivo de levantar las manos para proteger su cabeza: se limitó a dirigir el brazo izquierdo hacia el asesino, como si quisiera apartarlo. El hacha cayó de pleno sobre el cráneo, hendió la parte superior del hueso frontal y casi llegó al occipucio. Lisbeth se desplomó. Raskolnikof perdió por completo la cabeza, se apoderó del envoltorio, después lo dejó caer y corrió al vestíbulo.

Su terror iba en aumento, sobre todo después de aquel segundo crimen que no había proyectado, y sólo pensaba en huir. Si en aquel momento hubiese sido capaz de ver las cosas más claramente, de advertir las dificultades, el horror y lo absurdo de su situación; si hubiese sido capaz de prever los obstáculos que tenía que salvar y los crímenes que aún habría podido cometer para salir de aquella casa y volver a la suya, acaso habría renunciado a la lucha y se habría entregado, pero no por cobardía, sino por el horror que le inspiraban sus crímenes. Esta sensación de horror aumentaba por momentos. Por nada del mundo habría vuelto al lado del arca, y ni siquiera a las dos habitaciones interiores.

Sin embargo, poco a poco iban acudiendo a su mente otros pensamientos. Incluso llegó a caer en una especie de delirio. A veces se olvidaba de las cosas esenciales y fijaba su atención en los detalles más superfluos. Sin embargo, como dirigiera una mirada a la cocina y viese que debajo de un banco había un cubo con agua, se le ocurrió lavarse las manos y limpiar el hacha. Sus manos estaban manchadas de sangre, pegajosas. Introdujo el hacha en el cubo; después cogió un trozo de jabón que había en un plato agrietado sobre el alféizar de la ventana y se lavó.

Seguidamente sacó el hacha del cubo, limpió el hierro y estuvo lo menos tres minutos frotando el mango, que había recibido salpicaduras de sangre. Lo secó todo con un trapo puesto a secar en una cuerda tendida a través de la cocina, y luego examinó detenidamente el hacha junto a la ventana. Las huellas acusadoras habían desaparecido, pero el mango estaba todavía húmedo.

Después de colgar el hacha del nudo corredizo, debajo de su gabán, inspeccionó sus pantalones, su americana, sus botas, tan minuciosamente como le permitió la escasa luz que había en la cocina.

A simple vista, su indumentaria no presentaba ningún indicio sospechoso. Sólo las botas estaban manchadas de sangre. Mojó un trapo y las lavó. Pero sabía que no veía bien y que tal vez no percibía manchas perfectamente visibles.

Luego quedó indeciso en medio de la cocina, presa de un pensamiento angustioso: se decía que tal vez se había vuelto loco, que no se hablaba en disposición de razonar ni de defenderse, que sólo podía ocuparse en cosas que le conducían a la perdición.


[L1]Dostoiewski habitó cerca de estos jardines en cierta época de su vida.

[L2]Dostoiewski fue condenado a muerte por cuestiones políticas y conducido al lugar de la ejecución. Allí se le conmutó la pena por trabajos forzados. Despues de haber cumplido su condena, escribió una de sus obras más admirables. Recuerdo de la casa de los muertos, donde describe lo que vio en el presidio.

DONALD TRUMP Y DÉFICIT FISCAL

DONALD TRUMP Y DÉFICIT FISCAL

Director general de Ovis Consulting

El mundo globalizado, en el cual estamos viviendo, nos lleva a sufrir las consecuencias de las decisiones de algunos países, en este caso las medidas proteccionistas que está tomando el gobierno de Estados Unidos, afectando las relaciones internacionales a nivel mundial.

Como recordamos, la guerra comercial se inicia con la aplicación de aranceles a las importaciones de aluminio y acero por Estados Unidos; esto fue seguido por otras medidas proteccionistas que tuvieron una respuesta inmediata de China, aplicando aranceles a las importaciones de diferentes productos, entre los que destacan soja y automóviles.

Impacto Internacional 

Entre los principales efectos está la baja en el precio internacional del cobre y aumento de la cotización del dólar con respecto a otras monedas fuertes como el euro, yen, yuan y libra esterlina.

Estados Unidos se ha visto obligado a subsidiar a los productores de soja, debido a la menor demanda de este producto por los aranceles aplicados por China, que ha traslado sus compras hacia Brasil y Argentina; es una medida inusual en un país que es el paladín del libre mercado y cuestiona los subsidios. Eventualmente podría ser cuestionado por la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Impacto en el Perú 

El Banco Central de Reserva del Perú (BCR) ha manifestado su preocupación por el comportamiento de dos importantes aspectos de la economía; el primero de ellos es la balanza comercial, que se estima continuará siendo positiva, pero con un saldo menor al anteriormente estimado como consecuencia de la baja de precio de los minerales, particularmente el cobre que es la principal fuente de ingresos del país.

Por otro lado, la baja de precio del mineral rojo también afectará las utilidades de las empresas mineras y, consecuentemente, en su impuesto a la renta y podrá agravar el déficit fiscal que actualmente tenemos. En cuanto a las regiones (no solamente al gobierno regional), igualmente se verán afectadas por un menor canon minero, que es el 50% del impuesto a la renta de las empresas.

El Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) prepara el documento denominado Marco Macroeconómico Multianual (MMM), que es la referencia para la formulación del Presupuesto General de la República del año siguiente; sin embargo, el presentado en agosto de este año, correspondiente al periodo 2019-2022, posiblemente no se cumplirá.

Qué Hacer

Con relación al déficit fiscal, no hay magia; o aumentan los ingresos o se reducen los gastos; esto implica aumentar la presión tributaria, esperando llegar al 14.2% el próximo año, para lo cual se deben revisar las exoneraciones tributarias que son muchas y que, algunas de ellas, no logran el objetivo promotor para el cual fueron diseñadas. Por todo ello, se deben reducir/eliminar los “gastos superfluos del Estado”, como los denominó el exministro de Economía David Tuesta.

Conclusión

Tenemos todos un gran reto, que es contribuir con el crecimiento y desarrollo del país. Para ello, en primer lugar, debemos realizar con eficiencia, eficacia y honestidad el rol que nos ha tocado cumplir en la sociedad, y tener confianza y optimismo en el Perú, que es más grande que sus problemas. 

Ejemplo de Modelo de Carta de Solicitud

Ejemplo de Modelo de Carta de Solicitud

El diseño de cualquier carta de solicitud consiste en que, aquel que la redacta, presenta de forma breve y precisa la solicitud de una prestación o de un servicio. Así como la solicitud de un trabajo o empleo. Se utilizan para solicitar información, presupuestos y catálogos. Se les suele llamar modelos de carta «Instancia». En distintas situaciones se pueden solicitar listas de precios o catálogos que resulten necesarios para las tareas a realizar.

En la medida que se las necesite por parte de las empresas, estas clases de cartas ya están establecidas y solamente habrá que seguir las formas establecidas. El propio interesado será el encargado de redactar el contenido. En circunstancias particulares donde el solicitante quiera obtener algún beneficio a través de ella, como por ejemplo por vinculación a determinada empresa, tendrá que cuidar muy bien el texto de su redacción y prestar atención a que el contenido sea lo más claro posible de forma que explique sus cometidos de la mejor forma.

Ejemplo de carta solicitud de entrevista:

México, 22 de Setiembre de 2018

A la atención: Sección finanzas y créditos

Banco Caja Fuerte Inviolable y CIA.
Calle sin ladrones esquina el pescado no. 244 A
39135 México

Muy estimado señor:

Me dirijo ante usted con el fin de felicitarlo por la graduación de su hijo mayor y en mi carácter de cliente de su prestigiosa casa bancaria, aprovecho la oportunidad para solicitarle una nueva entrevista con el fin de conversar sobre  el ofrecimiento de trabajo que me hicieron el mes pasado.

Adjunto a esta carta mi portafolio y currículo y aprovecho para desear el arribo a un pronto acuerdo entre ambos.
Desde ya muy agradecido por el tiempo concedido y  reciba mis más sinceros saludos para usted y  su familia.   

Atentamente,

Andrea Molina Pérez

Fuente: https://www.ejemplode.com/11-escritos/396-ejemplo_de_modelo_de_carta_de_solicitud.html#ixzz6GKHOeJgC

Ciencia, conocimiento y sociedad en la investigación universitaria

Ciencia, conocimiento y sociedad en la investigación universitaria

INTRODUCCIÓN

Para nadie pasa desapercibido que el inmenso desarrollo científico y tecnológico es uno de los aspectos que en mayor medida caracterizan el fin del segundo milenio y que seguramente marcará el siglo XXI. El nivel de progreso alcanzado por la investigación científica y las ulteriores aplicaciones tecnológicas durante el último medio siglo ha sido considerado, con mucho, superior al logrado en todos los años anteriores. Un crecimiento tan grande ha tenido muchos y variados efectos no sólo en campos particulares de la investigación y la industria, sino en una gama enorme de aspectos de la vida cotidiana, llegando a transformar los hábitos y costumbres de sociedades enteras. En este sentido, los currículums en general y el universitario en particular, no han sido ajenos a los cambios y transformaciones que modifican —a veces de manera dramática— los contenidos y las prácticas de los establecimientos universitarios.

El trabajo que aquí se presenta ofrece una serie de elementos -fundamentalmente de carácter teórico- que van desde las implicaciones y determinaciones sociales del conocimiento en general, hasta el análisis de la relación entre el desarrollo científico y la educación superior en el marco de los países de reciente industrialización. Dicho trayecto pasa también por el examen de las formas en que los científicos y tecnólogos efectúan su trabajo de búsqueda, indagación y aplicación. En este respecto, se presentan dos perspectivas diferentes. Por un lado, una de esas visiones subraya que la ciencia académica es una institución social cuya meta es la extensión del conocimiento legitimado. La otra, en contraste, se sumerge en el estudio detallado de la actividad científica. Este segundo enfoque interroga a la ciencia y los científicos acerca de las formas en que se seleccionan y modifican las teorías, así como la manera en que se valoran las evidencias y se presentan con relación a sus supuestos teóricos. indaga también sobre los intereses que persiguen los científicos y las maneras en que alcanzan o tratan de alcanzar sus objetivos.

Lo que aquí se expone es, entonces, un panorama de los determinantes sociales, las prácticas involucradas en el quehacer científico y sus implicaciones sociales a la luz de los grandes procesos de transformación que está provocando el acelerado desarrollo de la ciencia y la tecnología en las sociedades contemporáneas.

SOCIOLOGÍA DEL CONOCIMIENTO

Podemos afirmar […] que la sociología del conocimiento, a diferencia de la historia ortodoxa de las ideas, no tiene como objetivo remontarse hasta sus orígenes más remotos. Porque si uno se inclinara a trazar motivos similares en el pensamiento hasta sus antecedentes últimos, siempre sería posible hallar «precursores» para cada idea […] El propósito más idóneo de nuestro estudio es el observar cómo y de qué forma la vida intelectual en un momento histórico dado se relaciona con las fuerzas sociales y políticas existentes.

Karl Mannheim

La sociología del conocimiento emergió como un campo especial de la investigación sociológica a fines de la década de los veinte. En sus inicios, esta área de la sociología tenía que ver con la influencia de las instituciones sociales en el desarrollo de las ideas. De acuerdo con Merton (1968), el término «conocimiento» debe interpretarse en un sentido muy amplio, dado que los estudios en este terreno se han relacionado virtualmente con el rango completo de productos culturales (ideas, ideologías, creencias jurídicas y sociales, filosofía, ciencia, tecnología). Pero cualquiera que sea la concepción que se tenga del conocimiento, la orientación de la disciplina en cuestión sigue siendo fundamentalmente la misma: las relaciones entre el conocimiento y otros factores existentes en la sociedad o en la cultura. En un nivel más teórico, Merton (1968) argumenta que:

Un punto central de acuerdo en todas las aproximaciones a la sociología del conocimiento consiste en la tesis que considera que el pensamiento tiene una base existencial en la medida en que no tiene una determinación inmanente y en la medida en que alguno de sus aspectos puede ser derivado de factores extra cognitivos (p. 516).

Los filósofos del iluminismo francés y escocés fueron los primeros en reconocer que todas las diferencias tenían un origen social y que eran, por lo tanto, el resultado de factores sujetos al control de la sociedad. Dichos filósofos también se dieron cuenta de que un amplio rango de factores sociales, económicos y políticos son los responsables de moldear la génesis, estructura y contenido de la conciencia humana.

Marx fue uno de los precursores más importantes en este campo, con su teoría de que, al menos bajo ciertas condiciones históricas, las realidades económicas determinan en última instancia la «superestructura ideológica» mediante varios procesos socioeconómicos. Así para Marx (1904),

el modo de producción de la vida material determina el carácter general de los procesos de la vida social, política e ideológica. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia, sino por el contrario, su existencia social determina su conciencia (pp. 11 y 12).

En otras palabras, la posición de una persona en la estructura social de clases afecta las ideas que él o ella acepta y produce. Esta concepción ha permanecido como tema central en la sociología del conocimiento, y ha inspirado algunos análisis sociológicos muy importantes acerca de los problemas de la producción cultural, tal como es el caso de los trabajos de Lukács (Stehr y Meja, 1985).

Por su parte, Weber tomó una posición contraria. Desde su perspectiva, las ideas no son afectadas completamente por los factores materiales, pues tienen un papel independiente en la sociedad. Weber examinó la influencia de los factores religiosos sobre el desarrollo de la economía, así como la influencia de las ideas en las relaciones entre las clases sociales (Crane, 1972). Así lo apunta al inicio de su obra ya clásica La ética protestante y el espíritu del capitalismo:

Las fuerzas mágicas y religiosas, así como las ideas éticas del deber sobre las cuales aquéllas están basadas, siempre han tenido en el pasado las más importantes influencias formativas sobre la conducta (Weber, 1958, p. 27).1

Durkheim ha sido otro de los pioneros de la sociología del conocimiento. Argumenta que las categorías básicas que ordenan la percepción y la experiencia (espacio, tiempo, causalidad y dirección) se derivan de la estructura social, al menos en las sociedades más simples (Durkheim, 1943). Junto con Mauss y Lévy-Bruhl, Durkheim (1901) examinó las formas de la clasificación lógica que tienen las sociedades «primitivas» y concluyeron que las categorías básicas de la cognición poseen orígenes sociales. Sin embargo, este tipo de análisis no pudo ser aplicado a sociedades más complejas.

Scheler es otra figura destacada en este campo. Analizó la noción marxista de subestructura al identificar diferentes «factores reales», los cuales creía que condicionaban el pensamiento en diferentes periodos históricos y en varios sistemas sociales y culturales de manera específica. Tales «factores reales» han sido considerados en ocasiones como fuerzas instintivas institucionalizadas, y como representantes del concepto a histórico de subestructura (Scheler, 1980 [1924]). El énfasis de Scheler sobre la existencia de una esfera de valores e ideas eternos ha limitado la utilidad de su noción de «factores reales» para explicar el cambio social y cultural (Stehr y Meja, 1985).

Fue Karl Mannheim, sin embargo, quien aportó las bases programáticas más elaboradas y ambiciosas para el análisis sociológico de la cognición. Mannheim sugirió que los factores biológicos (tales como la «raza»), los elementos psicológicos (tales como una «voluntad de poder»), espirituales y aun fenómenos supranaturales pueden tomar el lugar de las relaciones económicas básicas en la subestructura (Mannheim, 1936). También realizó investigaciones de las condiciones sociales asociadas a diferentes formas de conocimiento y algunos de esos estudios son considerados hoy todavía como ejemplos de primer nivel de la clase de análisis que es capaz de realizar la sociología del conocimiento. Mannheim creía que la sociología del conocimiento estaba destinada a desempeñar un papel principal en la vida intelectual y política, particularmente en una época de disolución y conflicto, mediante el examen sociológico de las condiciones que dan origen a la competencia de ideas, las filosofías políticas, las ideologías y los distintos productos culturales (Stehr y Meja, 1985).

Stehr y Meja (1985) han identificado tres periodos en la obra de Mannheim: la fase húngara (hasta 1920), la alemana (1920-1933) y la británica (1933-1947). Entre los autores que más influyeron en Mannheim están Georg Lukács, Georg Simmel, Edmund Husserl, Karl Marx, Alfred y Max Weber, Max Scheler y Wilhelm Dilthey. Por medio de estos autores, el historicismo alemán, el marxismo, la fenomenología, la sociología y, más tarde, el pragmatismo anglosajón, llegaron a ser influencias decisivas en su obra (Meja y Stehr, 1985). Los escritos del periodo húngaro de Mannheim, principalmente sobre temas literarios y filosóficos, fueron, según Meja y Stehr (1985), un primer intento por ir más allá de la perspectiva idealista alemana acerca de la historia y la sociedad. La fase alemana fue la más productiva de Mannheim, en la que gradualmente viró de la filosofía a la sociología, enfocándose al estudio de las posibles relaciones sociales de la cultura y el conocimiento. La fase británica en la obra de Mannheim tuvo una orientación más práctica. La tesis principal durante ese periodo fue que la sociología aplicada debería interesarse en analizar ampliamente la estructura de la sociedad moderna, especialmente por medio de la planeación social democrática, dentro de la cual la educación debería tener un papel central.

Los temas originales de la sociología del conocimiento, apuntan Meja y Stehr, se formularon en Alemania durante un periodo de gran crisis social, y pueden verse, al igual que Mannheim mismo los vio, como el producto de la más grande disolución y transformación en los terrenos social, político y económico, acompañándose además de las más altas formas de reflexividad, autoconciencia y autocrítica (Meja y Stehr, 1985).

Mannheim postuló la existencia de una relación entre la estructura particular y las metas de los grupos sociales y los tipos de visión general del mundo que ellos mismos crean y aceptan. Así, por ejemplo, los grupos conservadores crean y mantienen una visión estática del mundo, mientras que los grupos progresistas o revolucionarios adoptan una visión dinámica. También se preocupó por el hecho de que los miembros de diferentes generaciones tienen diferentes perspectivas de sus experiencias y propósitos, y que éstos algunas veces dan como resultado conflictos entre tales generaciones (Crane, 1972).

Diana Crane (1972) sostiene que aunque la sociología del conocimiento ha proporcionado una orientación para la sociología de la ciencia, sus ideas teóricas no han podido ejercer una influencia sólida. Crane argumenta que las clases de temas teóricos sustentados por el sociólogo del conocimiento han recibido poca atención. La tesis central de la sociología del conocimiento de que el contenido de las ideas está de alguna manera influido por la estructura social, ha sido ignorada casi por completo. Parte de la explicación para este descuido, señala Crane, radica en la vaguedad de dichas ideas y en las dificultades que se tiene para probarlas empíricamente (Crane, 1972).

Conocimiento y estructura social

Antes de proceder a examinar con mayor detalle la sociología de la ciencia, es conveniente mencionar las contribuciones de otras disciplinas y autores al debate acerca de la interacción entre el conocimiento y la estructura social. El sociólogo alemán Jürgen Habermas (1971) parece compartir el enfoque de Mannheim en cuanto al argumento de que la sociología del conocimiento ha emergido para contrarrestar la influencia incontrolable de los intereses en un nivel de mayor profundidad, los cuales se derivan menos del individuo que de la situación objetiva de los grupos sociales.

Más recientemente, Hilary Kornblith (1994) ha examinado la importancia de los factores sociales en la epistemología desde una perspectiva conservadora. Su postura es una relación que deja un considerable espacio para recibir información concerniente al estudio de los procesos de grupo e instituciones, pero también deja sin cambios sustanciales la estructura total de teorías epistemológicas. Como una explicación de la posibilidad del conocimiento, la epistemología constituye, de acuerdo con él, una empresa importante que puede contribuir al avance del conocimiento mismo al poder corregir y refinar las maneras en que los individuos acceden a sus creencias.

La influencia de los factores sociales, según Kornblith, se extiende mucho más allá de la producción de conceptos e ideas y permea en su totalidad el conjunto de creencias. Dicha influencia comienza en el nacimiento, puesto que el lenguaje no lo reinventa cada persona en aislamiento social. Debido a que la adquisición del lenguaje está mediada socialmente, Kornblith afirma que los conceptos adquiridos por la gente son, a su vez, mediados desde su comienzo mismo. Kornblith observa un importante paralelo entre las formas en que las características de nuestros mecanismos psicológicos afectan nuestras creencias y las maneras en que ciertas características de nuestra situación social influyen en esas mismas creencias. Es esta la razón, de acuerdo con Kornblith, para investigar los factores sociales de la cognición, en virtud de que estos factores constituyen la parte esencial de una posición naturalista en epistemología.

Aun cuando Kornblith da gran importancia al papel de los factores sociales en la cognición, se cuestiona, sin embargo, si existe lugar para que operen factores de naturaleza no social. Considera que la respuesta a esta pregunta debe situarse sobre un continuo. En un extremo estaría la posición que sostiene que la cognición es solamente social. Esta posición considera también, por supuesto, factores no sociales que realizan un papel causal en la producción de creencias individuales, aun cuando las diferencias en estas creencias individuales siempre se explicarán, en el fondo, recurriendo a fenómenos sociales. En el otro extremo del continuo, Kornblith señala la posición que considera que todas las diferencias individuales en las creencias se explican por medio de factores sociales. Argumenta que ambos extremos ofrecen sólo una parte del cuadro completo y deben rechazarse. Para Kornblith, en todo caso, la adquisición y retención de creencias debe considerarse como el producto tanto de factores sociales como de no sociales, y ambos tipos de factores tendrán que tomarse en cuenta en cualquier investigación en el curso de la evaluación epistémica (Kornblith, 1994).

El análisis de Kornblith ha mostrado que los estudios sociales de la ciencia tienen un papel importante que jugar dentro de una epistemología naturalista, pero no todos esos estudios son los mismos desde el punto de vista epistemológico. Él sugiere que los epistemólogos necesitan considerar el trabajo sociológico bien informado, si es que desean completar el programa que los epistemólogos naturalistas les han propuesto. Según su punto de vista, para que el trabajo de sociología sea relevante debe tener, como motivo principal, intereses epistemológicos.

Esta revisión general de la sociología del conocimiento se ha beneficiado con distintas contribuciones hechas al argumento de que el contenido de las ideas está influido de alguna manera por la estructura social. Pasemos ahora a examinar una de las formas más elevadas del conocimiento: el conocimiento científico. Tal como fue el caso del conocimiento en general, la investigación científica constituye una actividad socialmente determinada que, a su vez, tiene la capacidad de influir en la sociedad como un todo.

Reflexiones en el Día Mundial contra el Racismo

Reflexiones en el Día Mundial contra el Racismo

«Mi padre es afroperuano como yo. Es abogado y en una ocasión acudió, como siempre con terno y maletín, a reunirse con un fiscal. Estaba esperando, cuando la secretaria le preguntó: ‘¿Y usted cuánto tiempo estuvo preso?’ (Un estudiante de Derecho).  

Este incidente muestra la magnitud del racismo en nuestra sociedad, pese a lo cual se trata de un problema tradicionalmente negado por muchos peruanos. Solamente cuando se produce un incidente explícitamente racista, difundido por los medios de comunicación o las redes sociales, se producen expresiones masivas de condena, como si el problema se limitara a las frases discriminadoras de una persona.

En realidad, el racismo es una situación permanente y cotidiana y tiene múltiples expresiones, desde los diminutos cuartos y baños de servicio que existen en muchas viviendas hasta la ausencia de personas de rasgos andinos o afroperuanos como gerentes de las principales empresas.

Si situaciones como éstas no nos sorprenden o indignan es porque las hemos naturalizado. Tanto la negación como la naturalización son mecanismos de defensa para no admitir situaciones dolorosas. Es más, muchos preferimos negar el racismo para no admitir que lo hemos sufrido, lo hemos practicado o nos hemos encontrado en ambas situaciones.

El racismo peruano, además, tiene algunas particularidades respecto a otros países: en primer lugar, el racismo no se vincula tanto con la xenofobia, sino que las víctimas del racismo son los propios peruanos. A más indígenas sean los rasgos de una persona, mayores posibilidades de racismo tendrá que enfrentar de sus propios compatriotas.

De hecho, los prejuicios racistas se encuentran tan internalizados, que más que plantear la aceptación al “diferente”, como suele hacerse en las campañas contra el racismo en otros países, en el Perú se hace necesario promover la aceptación al “semejante”.

Por otra parte, debido al mestizaje, muchos peruanos pueden ser considerados blancos por algunos observadores y cholos o negros por otros. En la percepción sobre la persona influyen factores como la vestimenta, la posición económica, el apellido o la manera de hablar.

Ante el racismo, la estrategia de muchas personas no ha sido denunciar el maltrato, sino procurar asimilarse con el discriminador, cambiando de vestimenta, evitando hablar quechua y asumiendo determinados patrones de consumo. En ese proceso de asimilación lo más lamentable ha sido cuando algunos peruanos adoptan el comportamiento maltratador, es decir creen que discriminar a quien es “más indio” o “más negro” es una forma eficaz de evitar ser discriminados. En las redes sociales esto ocurre con mucha frecuencia.

Enfrentar el racismo requiere de una política a nivel nacional que también se refleje en las instituciones privadas y en una reflexión individual. Al mismo tiempo debe difundirse que el artículo 323 del Código Penal sanciona el racismo y considera que constituye un agravante que el autor sea funcionario público, ejerza violencia contra la víctima o emplee las redes sociales.

En otros países se han producido ya varias condenas penales por publicaciones racistas en Twitter o Facebook. En el Perú aún hace falta que el Poder Judicial y el Ministerio Público intervengan para evitar que las redes sociales sean espacios donde subsista la impunidad en este aspecto.

Debate: ¿El voto debe ser voluntario?

Debate: ¿El voto debe ser voluntario?

A favor y en contra. Federico Salazar explica por qué cree que sí. Por su parte, Raúl Castro, argumenta por qué no.

El voto debe ser libre

Federico Salazar B. / Periodista

La elección de autoridades es un derecho de los ciudadanos. Así lo reconoce la Constitución (artículo 2, inciso 17). Se trata de los derechos fundamentales de la persona.

El derecho a elegir autoridades es a su vez consistente con otros derechos fundamentales. Por ejemplo, la libertad personal, así como las libertades de conciencia, de opinión y de expresión y la de reserva sobre convicciones políticas. Todas ellas consagran la libertad de la persona.

Tener un derecho no equivale a ejercerlo. Tengo derecho a trabajar, pero la ley no me obliga a hacerlo. Tengo derecho al libre tránsito, pero la ley no puede obligarme a salir a correr por las calles como Forrest Gump.

En relación con la elección de autoridades, sin embargo, la legislación nos obliga a ejercer el derecho de votación. La ley supone que nuestra elección solo puede ser una: ejercer el voto.

Una elección de una sola opción, obviamente, no es elección. Si no hay elección, no hay derecho.

Somos adultos y ciudadanos completos cuando elegimos si vamos o no a estudiar, si trabajamos o no, si caminamos o no por las calles. No somos adultos y ciudadanos completos cuando se trata de elegir a las autoridades.

La ley dice: “Si decides no ejercer tu derecho, te multamos”. La ley, además, es discriminatoria, porque crea mayor obligación al que menos dinero tiene. 

Si tienes dinero, pagas y no votas. Si no tienes dinero…, ¡anda nomás a votar!

El voto debe ser libre, absolutamente libre, por una razón moral. Cada persona debe tener la facultad de elegir si ejerce o no su derecho a votar.

La ley y la propia Constitución, sin embargo, son contradictorias al respecto. El voto, dice la misma Constitución, “es personal, igual, libre, secreto y obligatorio…”.

¿Libre y obligatorio al mismo tiempo? Nadie debe imponerme cómo votar; pero ¿puede alguien imponerme votar?

Es más seria la intromisión en el fundamento del derecho que aquella en el ejercicio del derecho. La base del ejercicio del derecho es el derecho mismo. 

La libertad de decidir si uso o no mi derecho es la raíz moral de este. Arrancada esa libertad de raíz, ¿cómo puedo tomar en serio el ejercicio de esa obligación?

¡No estamos preparados!, se dirá. ¡Caeríamos en manos de los partidos organizados! ¡Los terroristas se organizan mejor y ellos arrasarían en las elecciones!

No estaremos preparados para ser libres si no somos libres. La organización no es garantía de triunfo, sino la motivación.

Con autoridades como las que tenemos ahora hay menos motivación. ¡Pero ellas son el resultado de la obligatoriedad! 

El argumento detrás de esta posición es: el peruano es tonto, flojo e irresponsable. Mejor, lo obligamos a ir a votar. Y mejor, obligamos más a los más pobres, porque ellos son más tontos.

El trasfondo de esta posición es inaceptable.

Habrá una mejor elección cuando seamos libres. El voto libre no vendrá de un decreto o una reforma gubernativa. Vendrá de un proceso de adaptación y aprendizaje.

El punto inicial para el cambio es reconocer que tenemos el derecho, no la obligación, de elegir a nuestras autoridades. A partir de ahí, todo puede cambiar. Sobre todo, la calidad de los resultados.

No es el momento

Raúl Castro / Presidente del PPC

El Perú es, sin duda, uno de los países donde sus ciudadanos tienen uno de los menores índices de acatamiento de las normas legales. Estos desconocen, incumplen o buscan formas creativas para eludir las leyes que norman los aspectos más elementales de nuestra sociedad. La escasa conciencia cívica no se ha ido incrementando. Por el contrario, ha crecido la informalidad y el comportamiento antisistema. En este contexto, el voto obligatorio es una de las pocas características que nos sigue uniendo y que nos hace participes de ciudadanía; y que, conforme se produzca un proceso de maduración democrática, nos irá enseñando que debemos ser absolutamente serios y responsables en la toma de nuestras decisiones.

Eliminar el voto obligatorio significaría destruir la poca consistencia cívica ciudadana (y aún de peruanidad) que todavía la enorme mayoría respetamos.

El Perú es un país con una democracia muy débil donde campea la corrupción y un creciente proceso de desinstitucionalización de las entidades públicas (y también privadas en algunos casos), a lo que le sumamos el bajo índice de acatamiento de las normas y el alto grado de improvisación en el manejo de los asuntos públicos. Todo esto genera una difícil gobernabilidad en un país todavía altamente incomunicado físicamente y con desentendimientos y desencuentros entre sus pobladores.

En este contexto, la ingobernabilidad es un peligro creciente que afecta el orden interno y la estabilidad que el país necesita para crecer y desarrollarse. Además de generar precedentes sobre la imposición de hechos ilegalmente consumados a las autoridades de turno. Así tenemos que estas son elegidas por los ciudadanos y en algunos casos revocados por ellos en una comedia democrática cuando estos no han alcanzado un porcentaje importante de apoyo popular. Por ello, la legitimidad de las autoridades para generar gobernabilidad y acatamiento es fundamental; un alcalde elegido con el 30% de los votos sobre una votación en la cual solo el 40% de la población ha concurrido a votar es políticamente insostenible en el Perú. Esta afirmación no requiere mayor investigación, pues es pan de cada día, y si lo trasladamos a la elección presidencial o parlamentaria la cosa simplemente se repite.

Pero la razón principal es “la igualdad ante la ley”. El esnobismo hacia el voto voluntario o facultativo promovido por algunos sectores se sustenta fundamentalmente en que una gran parte de la población no tiene suficiente criterio para decidir libre y conscientemente por quien votar. Es decir, es un ciudadano de segunda categoría.

Mientras en el Perú subsista la mala educación, el analfabetismo, la marginación de sectores tan amplios de la población, la pobreza y la falta de oportunidades, así como la imposibilidad de informar adecuadamente a los ciudadanos de sus derechos, deberes y obligaciones, no es posible el voto voluntario, pues se convierte en un mecanismo desintegrador donde las autoridades carecerán de legitimidad y en el que el sistema irá cada vez vaciándose de contenido y de dignidad hacia la persona humana. La tan mentada igualdad lamentablemente no existe todavía.

En países vecinos ya se ve críticamente el voto voluntario. No es lo mismo el voto facultativo en un país desarrollado que en un país como el nuestro.

Simplemente no es el momento.

A FAVOR

  1. Federico Salazar B. / Periodista
  2. El voto debe ser libre

EN CONTRA

  1. Raúl Castro / Presidente del PPC
  2. No es el momento 

A FAVOR

  1. Federico Salazar B. / Periodista
  2. El voto debe ser libre

EN CONTRA

  1. Raúl Castro / Presidente del PPC
  2. No es el momento

EL CONDOR ANDINO: AVE “ETERNA”

EL CONDOR ANDINO: AVE “ETERNA”

DESCRIPCIÓN

Conocido como el ave voladora de mayor envergadura del planeta, el cóndor andino es un ave de gran importancia para los territorios andinos, simbolizando grandeza, fuerza y libertad.

El Cóndor andino (Vultur Gryphus) pertenece al orden de los Falconiformes y a la familia Cathartidae cuyos miembros son caracterizados por alimentarse de carroña y pocas veces de vegetales o pequeños animales vivos. Habita en las más altas montañas andinas, distribuidos a lo largo de la Cordillera de los Andes desde la Tierra del Fuego hasta Venezuela. El Cañón del Colca destaca como uno de los lugares reconocidos mundialmente como hábitat del cóndor en donde se puede observar el vuelo de esta imponente ave, pudiéndose reconocer al cañón como un «Santuario Nacional» para conservación y protección del cóndor.

Puede volar a más de 7000 m de altura y planear durante horas sin mover las alas. Vive con facilidad hasta los 85 años llamándose por ello el “ave eterna” y se caracteriza por ser monógama y sedentaria.

De apariencia amenazadora y desafiante, goza de un plumaje negro azulado, con el collar y espalda de color blanco. Llega a medir hasta 1.30 m de altura, 3.30 m de envergadura y su peso máximo es hasta 12 kg.

Posee la cabeza desnuda y pequeña, de color generalmente rojizo variando según su estado de ánimo; y un pico en forma de gancho. Sus alas son largas y anchas y sus patas poseen uñas cortas y poco curvas. Pese a su peligrosa apariencia el cóndor no es un ave de presa, ya que sus patas carecen de la fuerza necesaria para levantar un animal y sus garras son simples uñas parecidas a las de una gallina.

El Cóndor carece de laringe, no pudiendo por lo tanto emitir sonidos ni cantos como lo hacen las otras especies de aves. La hembra tiene ojos rojos y brillantes y no posee la cresta carnosa a diferencia del macho.

ÍCONO ANCESTRAL

El esplendoroso Cóndor Andino, ocupó un lugar de gran importancia para las sociedades ancestrales andinas. Su imponente presencia, longevidad y habilidad para planear por horas fue fuente de inspiración en las artes primarias de los andinos tales como representaciones de arte rupestre, cerámica, escultura y pintura mural, enmarcado como un ícono dentro de las creencias espirituales y religiosas de la civilización andina.

Los incas creían que debido a su longevidad, el cóndor era inmortal. Según cuenta el mito, cuando el animal siente que comienza a envejecer y que sus fuerzas se le acaban, cree que su vida ya no tiene sentido por lo que opta suicidarse posándose en el pico más alto y saliente de las montañas, remonta vuelo y trata de alcanzar una altura bastante grande para luego descender en picada a gran velocidad y estrellarse contra las montañas, dando así fin a su propia vida. Se dice que su muerte es simbólica, ya que con este acto el cóndor renace.

Actualmente el cóndor es el ave nacional de ColombiaEcuadorBolivia y Chile de los cuales aparece como símbolo patrio en sus Escudos de Armas.

El cóndor pasa: población de aves andinas en Perú puede irse en picada

El cóndor pasa: población de aves andinas en Perú puede irse en picada

En Argentina tienen criaderos, en Chile lo han nombrado monumento natural, mientras que en Perú damos tímidos pasos para preservar al ave voladora de mayor envergadura en el mundo, y venerada por nuestros antepasados.

Escribe: Iván Reyna Ramos

El cóndor (Vultur gryphus), es una ave prehistórica que vive entre nosotros. Su distribución abarcaba desde el Atlántico hasta el Pacífico. Esto fue confirmado con los restos de un cóndor andino de 13 mil años de antigüedad hallados en las cavernas de Minas Gerais, Brasil (Herculano Alvarenga, 1993), y también de un cóndor californiano de unos 16 mil años que fue encontrado en Nueva York (Emslie, 1987).

Actualmente en nuestra región, se encuentra distribuido a lo largo de la Cordillera de los Andes desde Venezuela hasta Tierra de Fuego en Argentina y Chile, pasando por Bolivia y Brasil. Sin embargo, en Venezuela fue declarado extinto y en Colombia y Ecuador sus poblaciones son escasas.

El cóndor pasa

Según Fernando Angulo, investigador principal del Centro de Ornitología y Biodiversidad (CORBIDI), la población de cóndores en el Perú es de menos de 2,500 ejemplares. El experto se basa en una última ficha de categorización de especies amenazadas, la cual recién será publicada este año.

Los reportes de avistamiento de cóndores hablan de 16 regiones del país. Sólo en Loreto, Ucayali y Madre de Dios nunca los hubo. Su hábitat es la zona altoandina. Y desde el altiplano tienen la costumbre de bajar a la costa, como en el caso de Paracas y Bayóvar.

En Lima se los ve regularmente en el cañón de Santa Eulalia. El fotógrafo de naturaleza y guía de observación de aves, Alejandro Tello, lo ha documentado en un trabajo denominado “El cóndor andino forrajea en árboles no nativos en Lima”. Tello estima una población mayor a los 30 individuos que en algunas épocas del año pernoctan en colonias en las alturas de Santa Eulalia.

Hace sólo unos días cuando se creaba la zona reservada de Illescas en Piura, justamente para proteger al cóndor andino, los asistentes pudieron observar a un grupo de 27 cóndores volando. “Esto es algo que no había visto hace más de 30 años”, refiere el reconocido ambientalista Heinz Plenge.

Igualmente pasó hace poco, también al norte –comenta Fernando Angulo- cuando una delegación de fotógrafos se encontraba cerca de Leymebamba, y se sorprendió al avistar un nutrido grupo de cóndores. También se observan en Pampa Galeras. En el valle del Sondondo (Lucanas, Ayacucho) se han reportado 50 individuos. En el valle del Colca, Arequipa, los turistas pueden observar hasta 30 cóndores al día.

Todo se compra

El cóndor andino abriga serias amenazas. Algunas comunidades aseguran haber visto al cóndor cazar a sus ganados, no creen que sea un carroñero. Por eso, la gente envenena pumas, zorros, perros y los colocan en los precipicios para que el cóndor muera al alimentarse.

Al Yawar Fiesta de Apurímac (“fiesta de sangre”) se le ha hecho cargamontón últimamente, básicamente por el mismo grupo que se manifiesta en contra de las corridas de toros. Y es que la cantidad de cóndores ya no es la misma que antes. Precisamente, el Yawar Fiesta simboliza el enfrentamiento entre el ave, que representa lo andino, y el toro, que personifica a lo hispano. La reducción de esta especie es alarmante, afirma Yury Ortiz, alcalde de Cotabambas, uno de los pueblos donde esta fiesta tiene más tradición: «Hace 30 ó 40 años, había una cantidad considerable de cóndores. Matábamos un caballo como carnada y venían 30 ó 40 cóndores al día. Hoy en día, vienen unos dos, tres, cuatro o cinco».

Rob Williams, director de la Sociedad Zoológica del Francfort, descubrió que existía tráfico de plumas y huesos de cóndores en el Cusco, utilizados en artesanía. Al mismo conservacionista le ofrecieron un cóndor disecado por el valor de 2,500 soles.}

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza la cataloga como una especie casi amenazada, ya que sufre la pérdida de su hábitat y el envenenamiento por la ingesta de animales intoxicados o de los propios cebos envenenados colocados ilegalmente por cazadores y ganaderos. En el Perú, nos hemos contentado con un decreto supremo (Nº 034-2004-AG) que declara el ave “en peligro”, pero en la práctica se hace muy poco al respecto.

Sumando esfuerzos

¿Cómo están procediendo nuestras autoridades? El Ministerio de Agricultura tiene diseñado para este año implementar un plan nacional para la conservación del cóndor. Para empezar, falta un censo poblacional real, en el que se utilice la telemetría satelital, debido a que el cóndor puede alejarse hasta 1,000 kilómetros en busca de alimento.

El ambientalista Heinz Plenge, es el coordinador del llamado Grupo Cóndor del Perú, formado en noviembre del 2011, y tiene la esperanza de que el ministro del Ambiente, Manuel Pulgar Vidal apoye el tema. Aunque –sostiene- que la Dirección General Forestal y de Fauna Silvestre pertenece al Ministerio de Agricultura cuando debería estar en el Ministerio del Ambiente.

A decir del investigador Fernando Angulo, “es necesario empezar una evaluación seria de la población de cóndores en el país, liderada por el Estado peruano, para saber su estado real, las amenazas a las que está sometida la especie y la mejor forma de combatirlas. Es urgente empezar con esto cuanto antes”.

En esa misma línea, el ecólogo Renzo Piana apunta que “el Estado debe liderar el esfuerzo para que tenga alcance nacional, destinar fondos mediante becas a estudiantes que salgan a tomar datos de distribución y abundancia de la especie, de modo que se puedan priorizar esfuerzos de conservación en esos sitios”. Luego da el puntillazo “sólo se puede conservar lo que se conoce”.

En Arequipa, la Autoridad Autónoma del Colca y Anexos (Autocolca) y la Municipalidad Provincial de Caylloma, presentaron, a principios de este año, un proyecto de ley al Congreso en el que reclaman la protección y conservación del cóndor andino. También continúan con la campaña Salvemos al Cóndor que lleva más de 6 mil firmas. Pero Fredy Jiménez, gerente de Autocolca, va más allá, se ha propuesto -con ayuda de los rescatistas de alta montaña- recoger huevos de los cóndores para incubarlos en laboratorios.

Entonces Renzo Piana le sale al frente y advierte que eso “sería un error de consecuencias potencialmente nefastas. No hay ningún fundamento científico o técnico que amerite una intervención de este tipo. Las autoridades nacionales deben pedir a Autocolca que explique el por qué de esta intervención”, sostiene.

Queda claro que la situación del cóndor en el Perú es aún desconocida. Lo que hay hasta ahora son sólo algunos tibios planes de conservación. En cambio, Ecuador, Bolivia, Colombia sí investigan y hasta trabajan en proyectos conjuntos. Argentina cuenta con un criadero y apoya a Chile, y entre ambos, tienen 2,800 ejemplares, nada menos. Es hora de ponernos las pilas.

Un cóndor en pocas palabras

En su edad adulta llega a pesar hasta 15 kilos, su gran buche puede cargar hasta 4 kilos de comida, y con ese peso puede remontarse más allá de los 7,000 metros de altura, planea por varias horas sin mover las alas para ahorrar energía. La hembra sólo pone un huevo cada 3 años. No tiene garras y por eso no carga alimentos en las patas. En estado silvestre puede llegar a los 100 años de vida.

De acuerdo con el artículo “La Muerte del Cóndor”, de Juan Jesús Ayala, el cóndor sólo tiene una pareja en su vida. Y cuando la ha perdido se siente muy viejo y cree que su existencia ya no tiene sentido. Entonces opta por suicidarse. Se eleva lo más alto posible y desde arriba se lanza en picada a velocidad desenfrenada para estrellarse contra las rocas.