América Latina: panorama general de la desigualdad
América Latina pese a su desarrollo económico acontecido en las últimas décadas es en una de las regiones más desiguales del mundo, lo cual tiende a asociarse con menores tasas de democracia y equidad (Adelantado Scherer, 2008; Maravall, 2009). Aunado a lo anterior para Blanco (2006, p. 1) nuestra región se “caracteriza por tener sociedades muy desintegradas y fragmentadas debido a la persistencia de la pobreza y a la gran desigualdad en la distribución de los ingresos, lo cual genera altos índices de exclusión”. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal, 2016) la desigualdad en nuestra región no solo se expresa a través de las brechas de ingresos y los bienes económicos, sino también en el desarrollo de capacidades (derivadas del acceso a servicios de educación, salud y nutrición, tecnologías de la información y a bienes duraderos), por diferencias relacionadas con el género, la discapacidad e incluso por el estatus migratorio. Además en América Latina, la desigualdad social está condicionada por su dinámica productiva altamente heterogénea, por lo que la clase social se configura como el primer eslabón de aquella. La conjunción de diferentes factores asociados con la desigualdad, configuran lo que la Cepal (2016) ha denominado ejes estructurales de la matriz de la desigualdad social, mismos que al entrecruzarse generan pobreza, vulnerabilidad y exclusión social. Para Cortés (2011) la desigualdad frena el desarrollo económico porque los actores carentes de conocimiento y capacidad de inversión toman decisiones equivocadas que solo rinden beneficios parciales. Sin embargo, el desarrollo económico no puede centrarse en buscar ganancias monetarias porque la economía es solo un instrumento para el desarrollo humano. El propósito de una política regional y nacional equitativa e inclusiva, debe crear la posibilidad de que la gente tenga una vida plena, desarrollando su potencial y dignidad, para que pueda tomar decisiones y construir su futuro (Nussbaum, 2011). Desde un punto de vista conceptual todos los ciudadanos podrían enfocarse a contribuir al bien social y obtener beneficios sociales y económicos derivados de su esfuerzo personal. Las sociedades que permiten y recompensan el desarrollo del talento y la capacidad personal, están mejor preparadas para la innovación y el desarrollo económico. Este tipo de sociedades se han descrito como meritocráticas o abiertas. En cambio, las sociedades que impiden y bloquean el desarrollo del talento y el ascenso social en favor de las posiciones heredadas se denominan cerradas, lo cual según Van Leuween (2009) genera graves disparidades que deslegitiman el orden social existente.
