Los gallinazos sin plumas

(Julio Ramón Ribeyro)

A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una
fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que
recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden
de vida fantasmal. Las beatas se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las
iglesias. Los noctámbulos, macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y
en su melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro, armados de escobas
y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía, policías bostezando
contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por
último, como a una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.
A esta hora, el viejo don Santos se pone la pierna de palo y, sentándose en el colchón, comienza a
berrear:
—¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!

 

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