Ciencia, conocimiento y sociedad en la investigación universitaria

INTRODUCCIÓN

Para nadie pasa desapercibido que el inmenso desarrollo científico y tecnológico es uno de los aspectos que en mayor medida caracterizan el fin del segundo milenio y que seguramente marcará el siglo XXI. El nivel de progreso alcanzado por la investigación científica y las ulteriores aplicaciones tecnológicas durante el último medio siglo ha sido considerado, con mucho, superior al logrado en todos los años anteriores. Un crecimiento tan grande ha tenido muchos y variados efectos no sólo en campos particulares de la investigación y la industria, sino en una gama enorme de aspectos de la vida cotidiana, llegando a transformar los hábitos y costumbres de sociedades enteras. En este sentido, los currículums en general y el universitario en particular, no han sido ajenos a los cambios y transformaciones que modifican —a veces de manera dramática— los contenidos y las prácticas de los establecimientos universitarios.

El trabajo que aquí se presenta ofrece una serie de elementos -fundamentalmente de carácter teórico- que van desde las implicaciones y determinaciones sociales del conocimiento en general, hasta el análisis de la relación entre el desarrollo científico y la educación superior en el marco de los países de reciente industrialización. Dicho trayecto pasa también por el examen de las formas en que los científicos y tecnólogos efectúan su trabajo de búsqueda, indagación y aplicación. En este respecto, se presentan dos perspectivas diferentes. Por un lado, una de esas visiones subraya que la ciencia académica es una institución social cuya meta es la extensión del conocimiento legitimado. La otra, en contraste, se sumerge en el estudio detallado de la actividad científica. Este segundo enfoque interroga a la ciencia y los científicos acerca de las formas en que se seleccionan y modifican las teorías, así como la manera en que se valoran las evidencias y se presentan con relación a sus supuestos teóricos. indaga también sobre los intereses que persiguen los científicos y las maneras en que alcanzan o tratan de alcanzar sus objetivos.

Lo que aquí se expone es, entonces, un panorama de los determinantes sociales, las prácticas involucradas en el quehacer científico y sus implicaciones sociales a la luz de los grandes procesos de transformación que está provocando el acelerado desarrollo de la ciencia y la tecnología en las sociedades contemporáneas.

SOCIOLOGÍA DEL CONOCIMIENTO

Podemos afirmar […] que la sociología del conocimiento, a diferencia de la historia ortodoxa de las ideas, no tiene como objetivo remontarse hasta sus orígenes más remotos. Porque si uno se inclinara a trazar motivos similares en el pensamiento hasta sus antecedentes últimos, siempre sería posible hallar «precursores» para cada idea […] El propósito más idóneo de nuestro estudio es el observar cómo y de qué forma la vida intelectual en un momento histórico dado se relaciona con las fuerzas sociales y políticas existentes.

Karl Mannheim

La sociología del conocimiento emergió como un campo especial de la investigación sociológica a fines de la década de los veinte. En sus inicios, esta área de la sociología tenía que ver con la influencia de las instituciones sociales en el desarrollo de las ideas. De acuerdo con Merton (1968), el término «conocimiento» debe interpretarse en un sentido muy amplio, dado que los estudios en este terreno se han relacionado virtualmente con el rango completo de productos culturales (ideas, ideologías, creencias jurídicas y sociales, filosofía, ciencia, tecnología). Pero cualquiera que sea la concepción que se tenga del conocimiento, la orientación de la disciplina en cuestión sigue siendo fundamentalmente la misma: las relaciones entre el conocimiento y otros factores existentes en la sociedad o en la cultura. En un nivel más teórico, Merton (1968) argumenta que:

Un punto central de acuerdo en todas las aproximaciones a la sociología del conocimiento consiste en la tesis que considera que el pensamiento tiene una base existencial en la medida en que no tiene una determinación inmanente y en la medida en que alguno de sus aspectos puede ser derivado de factores extra cognitivos (p. 516).

Los filósofos del iluminismo francés y escocés fueron los primeros en reconocer que todas las diferencias tenían un origen social y que eran, por lo tanto, el resultado de factores sujetos al control de la sociedad. Dichos filósofos también se dieron cuenta de que un amplio rango de factores sociales, económicos y políticos son los responsables de moldear la génesis, estructura y contenido de la conciencia humana.

Marx fue uno de los precursores más importantes en este campo, con su teoría de que, al menos bajo ciertas condiciones históricas, las realidades económicas determinan en última instancia la «superestructura ideológica» mediante varios procesos socioeconómicos. Así para Marx (1904),

el modo de producción de la vida material determina el carácter general de los procesos de la vida social, política e ideológica. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia, sino por el contrario, su existencia social determina su conciencia (pp. 11 y 12).

En otras palabras, la posición de una persona en la estructura social de clases afecta las ideas que él o ella acepta y produce. Esta concepción ha permanecido como tema central en la sociología del conocimiento, y ha inspirado algunos análisis sociológicos muy importantes acerca de los problemas de la producción cultural, tal como es el caso de los trabajos de Lukács (Stehr y Meja, 1985).

Por su parte, Weber tomó una posición contraria. Desde su perspectiva, las ideas no son afectadas completamente por los factores materiales, pues tienen un papel independiente en la sociedad. Weber examinó la influencia de los factores religiosos sobre el desarrollo de la economía, así como la influencia de las ideas en las relaciones entre las clases sociales (Crane, 1972). Así lo apunta al inicio de su obra ya clásica La ética protestante y el espíritu del capitalismo:

Las fuerzas mágicas y religiosas, así como las ideas éticas del deber sobre las cuales aquéllas están basadas, siempre han tenido en el pasado las más importantes influencias formativas sobre la conducta (Weber, 1958, p. 27).1

Durkheim ha sido otro de los pioneros de la sociología del conocimiento. Argumenta que las categorías básicas que ordenan la percepción y la experiencia (espacio, tiempo, causalidad y dirección) se derivan de la estructura social, al menos en las sociedades más simples (Durkheim, 1943). Junto con Mauss y Lévy-Bruhl, Durkheim (1901) examinó las formas de la clasificación lógica que tienen las sociedades «primitivas» y concluyeron que las categorías básicas de la cognición poseen orígenes sociales. Sin embargo, este tipo de análisis no pudo ser aplicado a sociedades más complejas.

Scheler es otra figura destacada en este campo. Analizó la noción marxista de subestructura al identificar diferentes «factores reales», los cuales creía que condicionaban el pensamiento en diferentes periodos históricos y en varios sistemas sociales y culturales de manera específica. Tales «factores reales» han sido considerados en ocasiones como fuerzas instintivas institucionalizadas, y como representantes del concepto a histórico de subestructura (Scheler, 1980 [1924]). El énfasis de Scheler sobre la existencia de una esfera de valores e ideas eternos ha limitado la utilidad de su noción de «factores reales» para explicar el cambio social y cultural (Stehr y Meja, 1985).

Fue Karl Mannheim, sin embargo, quien aportó las bases programáticas más elaboradas y ambiciosas para el análisis sociológico de la cognición. Mannheim sugirió que los factores biológicos (tales como la «raza»), los elementos psicológicos (tales como una «voluntad de poder»), espirituales y aun fenómenos supranaturales pueden tomar el lugar de las relaciones económicas básicas en la subestructura (Mannheim, 1936). También realizó investigaciones de las condiciones sociales asociadas a diferentes formas de conocimiento y algunos de esos estudios son considerados hoy todavía como ejemplos de primer nivel de la clase de análisis que es capaz de realizar la sociología del conocimiento. Mannheim creía que la sociología del conocimiento estaba destinada a desempeñar un papel principal en la vida intelectual y política, particularmente en una época de disolución y conflicto, mediante el examen sociológico de las condiciones que dan origen a la competencia de ideas, las filosofías políticas, las ideologías y los distintos productos culturales (Stehr y Meja, 1985).

Stehr y Meja (1985) han identificado tres periodos en la obra de Mannheim: la fase húngara (hasta 1920), la alemana (1920-1933) y la británica (1933-1947). Entre los autores que más influyeron en Mannheim están Georg Lukács, Georg Simmel, Edmund Husserl, Karl Marx, Alfred y Max Weber, Max Scheler y Wilhelm Dilthey. Por medio de estos autores, el historicismo alemán, el marxismo, la fenomenología, la sociología y, más tarde, el pragmatismo anglosajón, llegaron a ser influencias decisivas en su obra (Meja y Stehr, 1985). Los escritos del periodo húngaro de Mannheim, principalmente sobre temas literarios y filosóficos, fueron, según Meja y Stehr (1985), un primer intento por ir más allá de la perspectiva idealista alemana acerca de la historia y la sociedad. La fase alemana fue la más productiva de Mannheim, en la que gradualmente viró de la filosofía a la sociología, enfocándose al estudio de las posibles relaciones sociales de la cultura y el conocimiento. La fase británica en la obra de Mannheim tuvo una orientación más práctica. La tesis principal durante ese periodo fue que la sociología aplicada debería interesarse en analizar ampliamente la estructura de la sociedad moderna, especialmente por medio de la planeación social democrática, dentro de la cual la educación debería tener un papel central.

Los temas originales de la sociología del conocimiento, apuntan Meja y Stehr, se formularon en Alemania durante un periodo de gran crisis social, y pueden verse, al igual que Mannheim mismo los vio, como el producto de la más grande disolución y transformación en los terrenos social, político y económico, acompañándose además de las más altas formas de reflexividad, autoconciencia y autocrítica (Meja y Stehr, 1985).

Mannheim postuló la existencia de una relación entre la estructura particular y las metas de los grupos sociales y los tipos de visión general del mundo que ellos mismos crean y aceptan. Así, por ejemplo, los grupos conservadores crean y mantienen una visión estática del mundo, mientras que los grupos progresistas o revolucionarios adoptan una visión dinámica. También se preocupó por el hecho de que los miembros de diferentes generaciones tienen diferentes perspectivas de sus experiencias y propósitos, y que éstos algunas veces dan como resultado conflictos entre tales generaciones (Crane, 1972).

Diana Crane (1972) sostiene que aunque la sociología del conocimiento ha proporcionado una orientación para la sociología de la ciencia, sus ideas teóricas no han podido ejercer una influencia sólida. Crane argumenta que las clases de temas teóricos sustentados por el sociólogo del conocimiento han recibido poca atención. La tesis central de la sociología del conocimiento de que el contenido de las ideas está de alguna manera influido por la estructura social, ha sido ignorada casi por completo. Parte de la explicación para este descuido, señala Crane, radica en la vaguedad de dichas ideas y en las dificultades que se tiene para probarlas empíricamente (Crane, 1972).

Conocimiento y estructura social

Antes de proceder a examinar con mayor detalle la sociología de la ciencia, es conveniente mencionar las contribuciones de otras disciplinas y autores al debate acerca de la interacción entre el conocimiento y la estructura social. El sociólogo alemán Jürgen Habermas (1971) parece compartir el enfoque de Mannheim en cuanto al argumento de que la sociología del conocimiento ha emergido para contrarrestar la influencia incontrolable de los intereses en un nivel de mayor profundidad, los cuales se derivan menos del individuo que de la situación objetiva de los grupos sociales.

Más recientemente, Hilary Kornblith (1994) ha examinado la importancia de los factores sociales en la epistemología desde una perspectiva conservadora. Su postura es una relación que deja un considerable espacio para recibir información concerniente al estudio de los procesos de grupo e instituciones, pero también deja sin cambios sustanciales la estructura total de teorías epistemológicas. Como una explicación de la posibilidad del conocimiento, la epistemología constituye, de acuerdo con él, una empresa importante que puede contribuir al avance del conocimiento mismo al poder corregir y refinar las maneras en que los individuos acceden a sus creencias.

La influencia de los factores sociales, según Kornblith, se extiende mucho más allá de la producción de conceptos e ideas y permea en su totalidad el conjunto de creencias. Dicha influencia comienza en el nacimiento, puesto que el lenguaje no lo reinventa cada persona en aislamiento social. Debido a que la adquisición del lenguaje está mediada socialmente, Kornblith afirma que los conceptos adquiridos por la gente son, a su vez, mediados desde su comienzo mismo. Kornblith observa un importante paralelo entre las formas en que las características de nuestros mecanismos psicológicos afectan nuestras creencias y las maneras en que ciertas características de nuestra situación social influyen en esas mismas creencias. Es esta la razón, de acuerdo con Kornblith, para investigar los factores sociales de la cognición, en virtud de que estos factores constituyen la parte esencial de una posición naturalista en epistemología.

Aun cuando Kornblith da gran importancia al papel de los factores sociales en la cognición, se cuestiona, sin embargo, si existe lugar para que operen factores de naturaleza no social. Considera que la respuesta a esta pregunta debe situarse sobre un continuo. En un extremo estaría la posición que sostiene que la cognición es solamente social. Esta posición considera también, por supuesto, factores no sociales que realizan un papel causal en la producción de creencias individuales, aun cuando las diferencias en estas creencias individuales siempre se explicarán, en el fondo, recurriendo a fenómenos sociales. En el otro extremo del continuo, Kornblith señala la posición que considera que todas las diferencias individuales en las creencias se explican por medio de factores sociales. Argumenta que ambos extremos ofrecen sólo una parte del cuadro completo y deben rechazarse. Para Kornblith, en todo caso, la adquisición y retención de creencias debe considerarse como el producto tanto de factores sociales como de no sociales, y ambos tipos de factores tendrán que tomarse en cuenta en cualquier investigación en el curso de la evaluación epistémica (Kornblith, 1994).

El análisis de Kornblith ha mostrado que los estudios sociales de la ciencia tienen un papel importante que jugar dentro de una epistemología naturalista, pero no todos esos estudios son los mismos desde el punto de vista epistemológico. Él sugiere que los epistemólogos necesitan considerar el trabajo sociológico bien informado, si es que desean completar el programa que los epistemólogos naturalistas les han propuesto. Según su punto de vista, para que el trabajo de sociología sea relevante debe tener, como motivo principal, intereses epistemológicos.

Esta revisión general de la sociología del conocimiento se ha beneficiado con distintas contribuciones hechas al argumento de que el contenido de las ideas está influido de alguna manera por la estructura social. Pasemos ahora a examinar una de las formas más elevadas del conocimiento: el conocimiento científico. Tal como fue el caso del conocimiento en general, la investigación científica constituye una actividad socialmente determinada que, a su vez, tiene la capacidad de influir en la sociedad como un todo.