GÉNEROS LITERARIOS: QUÉ SON, CUÁLES SON Y COSAS QUE NO SABÍAS DE ELLOS

En este artículo repasaremos todo lo que tienes que saber sobre los géneros literarios. Orientaremos el contenido hacia aquellas personas con vocación creativa que busquen un acercamiento claro y práctico al problema de los géneros.

Porque, para empezar, ¿qué es un género literario? ¿Existe tal cosa o es tan sólo una convención de la escritura y para la crítica? Pues, seguro que lo hemos oído, muchos escritores se “saltan a la torera” los géneros literarios y crean artefactos híbridos. Todo ello lo veremos punto por punto aquí, empezando por una definición abierta.

¿Qué es un género literario?
Digamos que el arte de la escritura se ha dividido históricamente en categorías (igual que el cuerpo humano se divide en órganos con funciones distintas). Estas categorías de escritura, como por ejemplo la novela de terror, el relato breve o el poema épico, tienen características propias. Tanto formales como de contenido y estructura.

Debemos tener en cuenta que, históricamente, ha habido múltiples clasificaciones para los géneros literarios. Por ejemplo, si tomamos el tema desde la perspectiva de la retórica antigua (Aristóteles), encontramos cuatro géneros literarios fundamentales: narrativo, épico, lírico y dramático. A su vez, estos géneros se dividen en subéneros de naturaleza variada: formal, semántica, sintáctica, etc..

Nosotros manejaremos una noción más práctica y actual, pero sin perder de vista que clasificaciones diferentes, como la de Aristóteles, son muy próximos conceptualmente y pueden aplicarse todavía hoy.

Los principales géneros literarios de hoy en día
La clasificación de géneros literarios modernos es algo distinta. Supongamos que tenemos una buena idea para escribir algo. ¿Qué género adoptamos? ¿Qué le conviene más a esa idea: un relato, un poema, un ensayo? En el caso de ser un relato, ¿sería un relato de terror, de aventuras, dramático?

Vemos, en primer lugar, que podemos distinguir los géneros, a efectos prácticos y en el ámbito creativo, en cuatro grandes bloques: novela, relato, ensayo y poesía. A su vez, cada uno de estos bloques tiene subgéneros y apartados concretos que los distinguen. En esencia, vemos una categorización parecida a la de Aristóteles que, sin embargo, toma como punto de partida otros elementos, en este caso de formato y finalidad, y sobre todo nos ceñiremos a los géneros narrativos.

El género de la novela y sus variantes
Muchas veces se define una novela por su extensión y por su naturaleza narrativa, así como por su estructura. Aunque hoy en día esta definición es mucho más borrosa, pues muchos escritores escriben novelas en las que no sólo cabe “lo novelístico”, sino que también dan cabida a ensayo, relatos insertos u otras variantes. Por lo que, de entrada, podemos decir que cada género es abierto. Por algo estamos hablando de escritura creativa. La novela tiene unos límites y unas características en general consensuadas (longitud, estructura narrativa compleja, arco argumental, resolución simbólica de las tramas…), y a su vez, se divide como género en múltiples subgéneros, cada uno con sus propias reglas formales. Destacamos algunos:

Novela de ciencia ficción / fantástica: no es lo mismo ciencia ficcion y fantasía, pero en ambos elementos aparece lo sobrenatural. Si alguien escribe una novela de ciencia ficción estará más cerca de lo tecnológico y futuro. Fantasía implica acercarse a mundos por completo inventados y muchas veces atemporales (El señor de los anillos)
Novela de aventuras: La novela de aventuras tiene una estructura bastante rígida, en la que prima el movimiento de un personaje a lo largo de sucesos y geografías distintas.
Novela de autoficción: un tipo de subgénero literario nuevo. Aquí, el narrador habla de sí mismo, hace ficción de sí mismo. No inventamos mundos o viajamos. El viaje es tan sólo interior, en la consciencia y lo que ve el narrador.
Novela policíaca: otro subgénero de la novela, y uno de los más frecuentados por lectores y escritores. La novela policíaca tiene unas reglas bastante acotadas. Por lo general plantea historias de suspense o misterios en las que está en juego la resolución de un crimen o una falta.
El relato y la forma breve
El relato se distingue de la novela por la extensión y también por la estructura y el planteamiento. Además, la propia forma breve acepta diferentes subgéneros y variantes. Partimos, por ejemplo, del clásico género del cuento de hadas, y vemos cómo, a lo largo de la historia de la literatura, se ha ido ampliando la clasificación:

Cuento de hadas: El cuento de hadas o la fábula rigió las narraciones humanas durante muchos siglos. En la actualidad, este tipo de relato siempre alegórico y simbólico, se ha acercado más al público infantil, por lo que sigue siendo necesario dominarlo si nos interesa escribir literatura infantil.
El relato moderno: escritores como Kurt Vonnegut o Raymond Carver escribieron decálogos y guías para escribir buenos relatos -desde el punto de vista moderno, donde las reglas son más abiertas y dan pie a fórmulas distintas a la del cuento de hadas-.
El microrrelato: suelen tener una extensión que no supera la página. Se trata de píldoras, sucesos, golpes repentinos. El arte del microrrelato requiere mucha capacidad de síntesis y abstracción.
Escritura de aforismos: la parte más diminuta de la creación literaria: artefactos que no son mucho más extensos que una simple frase. Sin duda, uno de los géneros más difíciles de dominar (algunos referentes en este ámbito: Franz Kafka o Augusto Monterroso)
El ensayo, un género que se desparrama en los demás géneros
Desde el año 2000 (incluso un poco antes) los géneros literarios han empezado a desdibujarse. Lo vimos muy bien en la obra de algunos autores como Enrique Vila-Matas o W.G. Sebald. Estos dos autores, de gran éxito a finales de los 90, componían novelas en las que, de pronto, el género del ensayo adquiría una gran presencia. Es decir, los escritores modernos suelen hibridar géneros. Pero… ¿cómo se inserta el ensayo en un texto de ficción? O más simple: ¿cómo se escribe adecuadamente el género del ensayo? En el ensayo ya no juega tanto la imaginación como la capacidad de síntesis e interrelación. Un texto ensayístico presenta unas ideas, las elabora y extrae conclusiones. Todo ello se puede mezclar, claro, con un texto narrativo, y tendríamos así un híbrido. De modo que dominar el arte del ensayo también es importante para un escritor de ficción (piénsese en la documentación, las descripciones, las digresiones…)

Los géneros literarios según Aristóteles
Vamos a ver en qué se diferencia la clasificación moderna que hemos presentado de la clasificación que presenta Aristóteles en su poética. Recordemos que su texto tiene más de dos mil años de antigüedad: a partir de esto, fijémonos en las similitudes de lo que él propone frente a lo que nosotros proponemos. Aristóteles distingue entre tres tipos de géneros literarios.

Género épico: es la forma antigua de definir el actual género narrativo. Narración, descripción y diálogo forman el género épico, que suele relatar hechos inventados o reales con intención narrativa (explicar los propios hechos)
Género lírico: Su expresión habitual es el poema. Con el género lírico se expresa lo emocional en clave simbólica. No hay tanto interés por los hechos, sino por lo que de ellos se extrae.
Género dramático: el más cercano al teatro. Este género se plantea partir de un episodio concreto, sin narrador y con el diálogo como elemento clave.
Género didáctico: el ensayo sería un derivado moderno. En el género didáctico la intención final es, siempre y sobre todo, enseñar algo. No se centra tanto en cómo se narra, sino en lo que implica lo narrado.
Subgéneros literarios antiguos
A partir de estas tres categorías generales, entramos a conocer los subgéneros en los que se dividen. Para Aristóteles, los subgéneros muchas veces corresponden a “formas literarias”. Es decir, maneras estilísticas que tenemos de abordar cada género. Por ejemplo:

Dentro del género épico encontramos la fábula, la epopeya, el cuento o la novela, cuatro formas de escritura distintas que coinciden en su voluntad de “explicar algo”.
Dentro del género lírico figuran la elegía, el himno, la oda u otras variantes de poemas, cada una determinada por un estilo (por ejemplo, la elegía se adopta para cantar a los difuntos).
El género dramático incluye la tragedia, la comedia y otras variantes que, dentro del contexto del teatro, implican estilos y enfoques distintos.
En el género didáctico: Ensayo, biografía, crónica, etc, serían los subgéneros del género didáctico.
Como vemos, hay una diferencia sustancial entre las clasificaciones antiguas y las modernas. Sobre todo porque las prácticas literarias han cambiado mucho. Hoy en día, la novela, el relato o el ensayo son géneros en sí, y no subgéneros o partes de otros grupos más grandes. Esta noción es importante, porque nos indica que el asunto de los géneros es tan sólo una guía para el escritor. En efecto, es importante conocer los modos de expresión de los diversos géneros literarios, para luego, en la creación pura, poder jugar con ellos a placer y tener así un dominio técnico y de posibilidades mucho mayor.

Recuperado y adptado de: https://centraldeescritura.com/blog/generos-literarios/

Los merengues

Julio Ramón Ribeyro

Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas -había aprendido a contar jugando a las bolitas- y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.

En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues –blancos, puros, vaporosos- lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una salvación amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo consentía un momento para darle luego un coscorrón y decirle:

-¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!

Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo pisaban y desmantelaban bulliciosamente la tienda.

Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de su mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por último le obsequió una rosquita. Él hubiera preferido un merengue pero intuía que en los favores estaba prohibido elegir. También, un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba un poco duro.

-¡Empara!- dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo cual cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él tiraba carnes masticadas divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.

Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde aquel día, los merengues constituían su obsesión.

Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes ocupando todo el mostrador. Esperó que se despejara un poco el escenario pero no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente.

¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!

Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa cabaña comprar tan empalagosa golosina en tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repitió, en tono imperativo:

-¡Veinte soles de merengues!

El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otro parroquianos.

-¿No ha oído? – insistió Perico excitándose- ¡Quiero veinte soles de merengues!

El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.

-¿Estás bromeando, palomilla?

Perico se agazapó.

-¡A ver, enséñame la plata!

Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero.

-¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?

-Sí –replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.

-Buen empacho te vas a dar –comentó alguien.

Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió abochornado. Como el pastelero lo olvidaba, repitió:

-Deme los merengues- pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por razones que no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.

-¿Va a salir o no? – lo increpó el dependiente

-Despácheme antes.

-¿Quién te ha encargado que compres esto?

-Mi mamá.

-Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito.

Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería, renació su deseo, y ya no exigió sino que rogó con una voz quejumbrosa:

-¡Deme, pues, veinte soles de merengues!

Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:

-¡Aunque sea diez soles, nada más!

El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado pero a Perico le pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.

-¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!

Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeó por los alrededores.

Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor.

Adaptado de: https://ciudadseva.com/texto/los-merengues/