Juan Sin Miedo
En un lejano país, había un viejo castillo al que nadie se atrevía a entrar, pues decían que estaba encantado y que en él sucedían cosas horribles. También se creía que allí había un tesoro oculto, pero nadie tenía el valor suficiente para buscarlo.
En el mismo país, vivía un muchacho fuerte y robusto al que llamaban Juan Sin Miedo porque nada le causaba temor.
Un día, el rey dijo que aquel que pasara tres noches en el castillo y encontrara el tesoro se casaría con la princesa y heredaría el trono. Juan quería casarse con la princesa, que era lindísima, y convertirse en rey. Y también deseaba conocer el miedo.
Por eso fue al castillo y entró decidido, aunque tuviera un aspecto siniestro. Porque no tenía miedo. Ni siquiera un poquito.
Recorrió los sombríos salones, caminó por los silenciosos pasillos, entró en los solitarios cuartos y no vio nada extraño. En la noche, bastante aburrido, se sentó en un sillón. De pronto, oyó ruidos de cadenas. En ese momento, se presentó un enorme fantasma. Cualquier otro, en su lugar, se habría asustado. Pero Juan no tuvo miedo. Ni siquiera un poquito.
EI fantasma hizo señas para que lo siguiera y lo guió a un comedor. Sobre la mesa, había sabrosos manjares. A Juan, que tenía hambre, se le hizo agua la boca. Entonces, aparecieron fantasmas aterradores y duendes macabros que se sentaron y comenzaron a comer. Cualquier otro, en su lugar, se habría asustado. Pero Juan no tuvo miedo. Ni siquiera un poquito.
Comió muy tranquilo con ellos. Luego de terminar su opípara cena, los monstruosos espectros jugaron a los bolos con huesos y calaveras. Cualquier otro, en su lugar, se habría asustado. Pero Juan no tuvo miedo. Ni siquiera un poquito.
Jugó con ellos y además les ganó. Cuando los horribles espectros se retiraron, atravesando las paredes, Juan Sin Miedo se fue a dormir. Al anochecer del segundo día, cuando Juan se acostó, la cama se elevó por el aire y empezó a volar dentro del castillo de aquí para allá. Cualquier otro, en su lugar, se habría asustado. Pero Juan no tuvo miedo. Ni siquiera un poquito.
Después de volar durante horas, la cama regresó a su sitio y se quedó quieta. Juan, cansado, se durmió. La noche siguiente, la tercera que pasaba en el castillo, un duende horrible, con una larga barba blanca, lo amenazó con un hacha enorme y afilada y le ordenó que lo siguiera. Cualquier otro, en su lugar, se habría quedado. Pero Juan no tuvo miedo. Ni siquiera un poquito.
Siguió al duende hasta un lugar en el que había una barra de hierro. EI duende levantó el hacha y dio un golpe tan tremendo que la dejó clavada en la barra, pero clavó también su larga barba. Juan lo ayudó a desengancharla y el duende, agradecido, le enseñó dónde estaba escondido el tesoro. Juan Sin Miedo fue al palacio del rey con el tesoro y contó lo que había sucedido.
Muy pronto, se casó con la princesa. Eran muy felices, pero a veces Juan le decía a su esposa que lamentaba no haber conocido el miedo. Entonces, una noche cuando Juan dormía, la princesa le tiró encima un balde de agua. Juan se despertó asustado, porque había soñado que se caía a un río y no sabía nadar. Y así, Juan conoció finalmente el miedo.
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